Homero Luis Lajara Solá
“Quiero morir cuando decline el
día, en alta mar y de cara al cielo, donde parezca un sueño la agonía, y el
alma un ave que remonta el vuelo.”
-Manuel Gutiérrez Nájera-
Era una hermosa mañana del 6 de
septiembre de 1954, en cuyo escenario, cincuenta guardiamarinas (cadetes)
de la entonces Marina de Guerra, junto a otros cien jóvenes cadetes (50 del
Ejército y 50 de la Aviación Militar), con la estanca visión que permitía una
férrea dictadura, proa al viento, zarparon oteando en lontananza el horizonte
de la gloria, cuando el sol repuntaba el alba, a bordo de tres buques de la
antigua Marina de Guerra.
Eran todos muy jóvenes, pero ya
soñaban con un futuro promisorio en sus incipientes carreras militares, navales
y aéreas, lo que en efecto se concretiza con el correr de los años, pues muchos
de ellos escalaron destacadas posiciones y altos rangos en la vida castrense.
Cruzando el Atlántico hicieron historia,
al ser la misión conjunta hacia el extranjero más distante y la de mayor
despliegue de nuestras Fuerzas Armadas en toda su existencia.
Por eso resulta increíble darnos
cuenta que al día de hoy, en el seno mismo de la Armada Dominicana, los mares revueltos
y tormentosos de la mezquindad y el egoísmo, enlazados con la ceguera mental de
la historia, han sido rocas inmutables que han impedido que las reseñas
históricas sean conocidas, más aún ese brillante legado y estela de referencia,
lleno de profesionalidad, tradición y orgullo naval, donde nombres ejemplares
como el capitán de navío Ángel Enrique Brito Santana, Jefe de Misión, el
capitán de fragata José García Frías, comandante del Destructor D-101, capitán
de corbeta Luis Damián Cedeño, comandante de la Fragata F-103, y el teniente de
Navío Domingo Germán Bello, comandante de la corbeta Colón C-101, hoy son
figuras desconocidas en el mundo militar y no militar, a pesar de haber sido
los tres comandantes de buques que en esa célebre Misión Simbólica de
Buena Voluntad, pusieron en alto el Pabellón Nacional hace ya seis décadas.
Ellos fueron nuestros nautas que,
catalejo en mano, cabalgando en el lomo de las olas y guiados por una titilante
y lejana estrella, y sin la ayuda de la actual tecnología GPS, hicieron posible
que nuestros jóvenes marinos se lucieran en las ceremonias militares, desfiles
y paradas, que llenas de esplendor, se movían al compás de una rítmica banda de
músicos.
Es penoso darse cuenta de que la
mayoría de las jóvenes generaciones en su conciencia colectiva desconozcan esas
hazañas, solo porque los llamados a difundir ese acontecimiento no lo hayan
hecho, ni siquiera en momentos como éste, donde, aprovechando la falta de
autoridad, temor a la sanción y ausencia de valores cívicos y morales, la
cicuta del narcotráfico y el crimen organizado, conexa al mal eterno que
representan algunos políticos, corroe el Alma Nacional, trayendo como fatal
resultado que muchos jóvenes vean el país como un Estado fallido.
Por tales razones, mientras esté
en dominio de mis facultades, estaré tratando de contribuir con el rumbo que
creo es el correcto: el que conduce al progreso y las luces de la civilización.
Aunque los disolutos pregoneros
tengan más recursos que Tutankamón, incluso con sus perros guardianes
mediáticos que ensartan con el garfio de la mentira aviesa y lenguaje soez,
mientras existan hombres de moral inquebrantable, no podrán corromper y
confundir a toda una nación.
Mi mayor deseo es que esta
travesía hacia el Atlántico Norte, realizada por los nautas dominicanos de los
años cincuenta, les sirva de ejemplo a los hombres de mar de este tiempo, y
como lo fue Jasón con su nave Argo, cuando navegó y llegó a Cólquida en busca
del vellocino de oro; de esa misma manera a las ciudades que ellos arribaron,
sus nombres nos llenen el tímpano: Punta Delgada, islas Azores en el Atlántico;
Cádiz, Sevilla..., en Europa continental; y Palma de Mallorca, Islas Baleares,
en el viejo mar Mediterráneo, que perteneció una vez al dominio del Imperio
Romano. Que esta travesía marítima a España en devolución simbólica del primero
de Colón a la Española, sea vista también por la ciudadanía como un referente
de profesionalidad de las armas de la República.
Y así como el sol y las estrellas
son eternos en el firmamento y los dioses del Olimpo lo fueron para la
Grecia de Pericles, de esa misma manera deben ver ese derrotero épico los
antiguos y jóvenes oficiales de la Armada y de las demás
instituciones uniformadas, así como nuestros cultos historiadores, para cuando
el estado de abyección de algunas conciencias un día despierte, entonces lo
vean en su verdadera magnitud, “per omnia saecula saeculorum”: por los siglos
de los siglos. Con la gracia de Dios.
En el sexagésimo aniversario de
aquel periplo, sempiterno y henchido de grandeza y honor, recordemos con
respeto y admiración a los componentes de esas promociones del arte de la
guerra, muchos de los cuales ya dieron la vuelta de campana, abordando la barca
de Caronte, para cruzar el río Leteo, quienes con una misión cumplida de
perfectas singladuras, bajo la égida de Neptuno, arribaron satisfechos a la
Patria de Duarte, un 9 de noviembre de 1954, sobre todo, a los que alcanzaron
las posiciones cimeras, comandando y desempeñándose con sentido de grandeza,
sin perder la humildad ni la dignidad, muy especialmente al arquitecto y mentor
de aquel viaje, el vicealmirante Luis Homero Lajara Burgos, prototipo del
correcto y profesional oficial naval.
Loor a esos
distinguidos servidores públicos, herederos de La Fuente de Rodeo,
Beller, Las Carreras y Tortuguero, de ayer y de hoy, quienes aferrados al timón
de las convicciones más puras, para bien del país, con su accionar
honesto y responsable, sostuvieron y sostienen la estructura que tantas
indelicadezas e intrigas manipuladas han querido hundir, para que el
relevo generacional eleve el gallardete de la gloria en el zenit del deber, con
mística, disciplina, lealtad, respeto a las leyes y los símbolos, continuando
la sagrada encomienda de seguir poniendo en alto la Bandera Nacional y el
uniforme militar-el virtuoso y apolítico-, buque insignia de la dominicanidad
pura.
Pies de foto En la estatua de Cristóbal Colón en Madrid
mientras ofrendaban una corona de flores a la memoria del Gran Almirante, acto
efectuado el 24 de octubre de 1954. El contralmirante Luis Homero Lajara Burgos
acompañado del comandante de la unidad táctica naval, capitán de fragata Ángel
Enrique Brito Santana, de los comandantes de los buques, José García Frías,
Luis Damián Cedeño, el agregado militar coronel Salvador Monclús y el agregado
naval, capitán de corbeta Carlos José Martínez. (Foto: Del archivo del almirante
Lajara Burgos).
Fuente Listin Diario.