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jueves, 21 de mayo de 2026
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El sabio y el arrogante
El sabio y el arrogante
Por
Homero Luis Lajara Solá
El que cree que todo lo sabe, en realidad ya comenzó a dejar de aprender.
La historia está llena de hombres brillantes derrotados no por falta de inteligencia, sino por exceso de seguridad en sí mismos. Sócrates, uno de los grandes pensadores de la antigua Grecia, dejó una frase que ha sobrevivido siglos precisamente por su humildad: “Solo sé que no sé nada”. No era ignorancia; era conciencia de la inmensidad del conocimiento humano.
Hoy ocurre lo contrario. Vivimos en una época donde muchos confunden información con sabiduría. Tener acceso inmediato a datos no significa poseer criterio, profundidad ni experiencia. El hombre verdaderamente culto suele hablar con prudencia porque entiende que cada tema tiene matices, contradicciones y zonas oscuras.
Cuando alguien cree que ya llegó a la cima del conocimiento, deja de escuchar. Y cuando deja de escuchar, empieza lentamente a encerrarse dentro de sí mismo. La soberbia intelectual es peligrosa porque transforma el diálogo en monólogo y convierte toda conversación en una competencia de egos.
Miguel de Cervantes lo retrató magistralmente en Don Quijote de la Mancha, una obra escrita a comienzos del siglo XVII que sigue siendo actual porque describe las ilusiones humanas, la terquedad y esa tendencia del hombre a confundirse con sus propias ideas. Por eso los clásicos nunca envejecen: porque hablan de defectos eternos.
En la vida militar, en la política, en la empresa y hasta en la vida cotidiana, los errores más graves suelen venir de personas incapaces de aceptar consejos o reconocer límites. Los grandes comandantes navales desconfiaban siempre del exceso de confianza. El mar enseña humildad. Ningún navegante serio desafía una tormenta creyéndose dueño absoluto de las aguas.
Mientras más aprende una persona, más comprende todo lo que le falta por conocer. Ahí está la diferencia entre el sabio y el arrogante. El primero sigue preguntando; el segundo ya se siente dueño de todas las respuestas.
Y quizá por eso el hombre verdaderamente inteligente nunca necesita anunciar que lo sabe todo. Su serenidad habla por él.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Presidente de la Hermandad de Veteranos realiza visita oficial a la Embajadora de la República Argentina en República Dominicana.
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DNCD DESCUBRE DOS MALETAS CON LOS TUBOS LLENOS DE COCAÍNA
Arrodillarse… ¡¡¡nunca!!!
Arrodillarse… ¡¡¡nunca!!!
Por
Homero Luis Lajara Solá
Hay personas que pasan la vida persiguiendo fama, blasones y oropeles, creyendo que el brillo exterior puede sustituir la dignidad interior. Pero el tiempo, que termina siendo el juez más severo de todos, suele desnudar esas apariencias con una crudeza implacable.
Mi padre repetía una frase que nunca olvidé: “¿De qué valen la fama, los blasones y los oropeles cuando se es indigno y cuando se es servil?” Aquellas palabras, dichas con la serenidad de quien había conocido el poder, la gloria y también la adversidad, encierran una lección que trasciende generaciones.
La historia universal está llena de hombres cubiertos de medallas que terminaron siendo recordados con desprecio, mientras otros, sin grandes honores ni riquezas, permanecen vivos en la memoria colectiva.
Porque la dignidad no se compra, no se hereda y tampoco puede decretarse. Es una construcción silenciosa hecha de principios, de límites morales y de la capacidad de mantenerse erguido aun en tiempos difíciles, recordando que la perfección humana no existe.
En el mundo militar esa verdad tiene todavía mayor profundidad. El uniforme puede llenarse de insignias, pero si el espíritu se doblega por conveniencia, miedo o servilismo, todo termina reducido a una simple apariencia. Los viejos hombres de armas entendían que el honor no consiste solamente en obedecer, sino también en conservar la conciencia limpia y el respeto por sí mismo.
Las sociedades suelen deslumbrarse con el poder momentáneo, con el ruido de los cargos y con el brillo de las ceremonias. Sin embargo, al final, los pueblos terminan admirando más a quienes conservan la decencia que a quienes acumulan privilegios vacíos.
El tiempo suele barrer los aplausos pasajeros, pero conserva intacto el recuerdo de las personas íntegras.
Quizá por eso aquella frase sigue teniendo tanta vigencia. Porque en una época donde muchas veces se confunde éxito con sometimiento elegante, conviene recordar que ningún título vale más que la dignidad personal. Y que hay derrotas honrosas infinitamente más nobles que ciertos triunfos obtenidos arrodillándose.
martes, 19 de mayo de 2026
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