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lunes, 25 de mayo de 2026
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El Siracusia y la soberbia imperial
El Siracusia y la soberbia imperial
Por
Homero Luis Lajara Solá
La historia marítima universal está llena de episodios donde la ambición humana intentó desafiar los límites de su tiempo. Uno de los más fascinantes ocurrió alrededor del año 240 antes de Cristo, cuando en Siracusa, antigua potencia del Mediterráneo, surgió una embarcación que parecía salida de la imaginación de un poeta y del cálculo de un matemático: el Siracusia.
Atribuido al ingenio de Arquímedes, aquel buque no fue concebido como una simple nave mercante. Era una demostración de poder político, sofisticación técnica y prestigio estatal.
Las crónicas antiguas hablan de jardines en cubierta, salones, depósitos inmensos, catapultas defensivas, alojamientos lujosos y hasta un pequeño templo dedicado a Afrodita. En otras palabras, una ciudad flotante en tiempos donde la mayoría de las embarcaciones dependían todavía de la fuerza del remo y del viento.
Sin embargo, el detalle más revelador de aquella historia no fue su lujo ni su tamaño, sino el problema que generó después de ser construido: muchos puertos no podían recibirlo. El barco era tan descomunal para la infraestructura de la época que terminaba convirtiéndose en un gigante limitado por la realidad logística del Mediterráneo antiguo.
Ahí aparece una de las grandes lecciones de la historia naval y también de la vida institucional. La grandeza sin planificación termina chocando con sus propios límites.
Las naciones, las empresas y hasta las instituciones militares suelen concentrarse en exhibir capacidades visibles, olvidando que el verdadero poder descansa en aquello que no siempre se ve: organización, mantenimiento, formación técnica, infraestructura y visión estratégica.
Roma lo entendió siglos después. Inglaterra también. Y en tiempos modernos, las grandes potencias marítimas comprendieron que no basta con poseer barcos impresionantes si no existen puertos adecuados, cadenas logísticas eficientes y personal preparado para sostener operaciones complejas.
El Siracusia terminó siendo más que un barco extraordinario. Se convirtió en símbolo de una verdad permanente: el progreso auténtico requiere equilibrio entre ambición y capacidad real. La historia universal está llena de imperios que construyeron gigantes, pero olvidaron fortalecer los muelles que debían sostenerlos.
Quizá por eso el mar sigue siendo el mayor maestro de humildad para las civilizaciones. En tierra firme, la propaganda puede ocultar debilidades durante algún tiempo. En el mar no. Allí la improvisación se hunde rápidamente.
Y esa lección, más de dos mil años después, continúa teniendo plena vigencia.
domingo, 24 de mayo de 2026
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El país como escenario
El país como escenario
Por
Homero Luis Lajara Solá
“Dedicado a los que creen en el arte y la cultura como brújula de los pueblos”.
En el 3º aniversario de la partida física de doña Monina Solá, mi sagrada madre y primerísima actriz dominicana, es inevitable preguntarse qué estaría pensando hoy al observar el escenario del arte y la cultura nacional.
Dama de tablas, de disciplina, de respeto sagrado por el texto y por el público, sabía que toda función es un pacto: el actor ofrece verdad y el espectador ofrece atención. Sin ese pacto, no hay teatro; hay ruido.
Mientras tanto, espectáculos, estridentes y fugaces, ocupan titulares, redes y concentraciones masivas. No porque algunos no carezcan de valor como expresión cultural, sino porque responden mejor a la lógica de la inmediatez, del impacto sensorial y de la emoción colectiva instantánea.
El problema no es que existan esos escenarios; el problema es que parezcan haber desplazado casi por completo al escenario silencioso donde se forma el pensamiento.
Doña Monina Solá, actriz de teatro y profundamente humana, jamás habría despreciado la alegría ni la fiesta. Conocía bien el pulso del público y el valor del arte que nace del barrio, de la calle, de la experiencia cotidiana.
También sabía, por experiencia propia, lo duro que es sostener una carrera artística en un país con escaso respaldo institucional. Por eso habría seguido defendiendo, sin reservas, a los artistas dominicanos que luchan por vivir de su talento y por dignificar su oficio.
La cuestión no es elegir entre lo nuestro y lo universal, entre el gozo y la reflexión, sino aspirar a una sociedad capaz de sostener ambos sin que uno anule al otro.
En el teatro, ella lo sabía bien, el aplauso no puede preceder al parlamento. Primero viene el texto, luego la interpretación, y al final el reconocimiento. Cuando se invierte ese orden, el espectáculo se vacía de sentido. Algo parecido ocurre cuando una sociedad se acostumbra a reaccionar antes de comprender, a celebrar antes de pensar.
Cuando la cultura se trata como evento y no como proceso. Entonces el silencio necesario para escuchar se vuelve incómodo, y el ruido se convierte en norma.
Mi madre también habría advertido que una juventud formada solo en estímulos rápidos queda más expuesta a la manipulación, al impulso y al ruido como forma de expresión. Donde no se ejercita el pensamiento crítico, se empobrece el diálogo y se resiente la convivencia. No por falta de talento, sino por falta de entrenamiento cívico y emocional.
Desde su mirada de actriz y de ciudadana, la respuesta no estaría en censurar ni en moralizar, sino en ampliar el repertorio nacional. Llevar libros, teatro, historia y ciencia donde está la gente: a las escuelas, a los barrios, a los espacios públicos, a las instituciones y a los turistas. Convertir la palabra en experiencia viva, no en ceremonia ocasional para minorías ilustradas.
También habría insistido en que la cultura no puede depender solo de voluntades individuales ni de visitas ilustres. Requiere políticas sostenidas, medios responsables y una alianza real entre educación, arte y ciudadanía. La cultura no es adorno de la nación; es parte primordial de su estructura moral.
En este 93° aniversario de su natalicio, más que recordar a la primerísima actriz, conviene escuchar el mensaje que su vida y su oficio siguen enviando: los países, como las obras de teatro, no se sostienen solo con aplausos, sino con texto, ensayo y memoria.
Entre el ruido pasajero y el junco frágil que guarda la palabra y el arte, se juega también el tipo de sociedad que decidimos ser, con el país como escenario.
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