El camaleón
Por
Homero Luis Lajara Solá
A mediados de los años setenta, un oficial del Ejército, “conocido” de mi padre, acostumbraba acercarse con precisión casi cronométrica a aquellos jefes militares a quienes el rumor público atribuía posibilidades de alcanzar posiciones importantes. Sabía colocarse donde entendía que soplaría el viento favorable.
En aquella época algunos oficiales visitaban a mi padre amparados por la oscuridad de la noche. No querían que los demás se enteraran de que frecuentaban la casa de un antiguo jefe militar, figura “controversial” por su carácter, su capacidad y una franqueza tan admirable como temida. Muchos buscaban discretamente su opinión, aunque después evitaran reconocerlo públicamente.
Recuerdo que una de aquellas noches ese oficial permaneció largo rato conversando con él en la oficina de la casa. Cuando se marchó, mi padre se sentó conmigo en la galería y, a manera de moraleja, me dio un consejo:
—Nunca quieras jugar en varios bandos, porque al final ninguno confiará en ti. Y cuídate de aquellos que solamente se acuerdan de Santa Bárbara cuando va a llover.
Aquel principio me acompañó durante toda mi carrera militar y lo sigo aplicando ahora en el sector privado. Me ha dado buenos resultados porque quien acude a mí en busca de consejo, o hace algún comentario en mi presencia, sabe que no iré después, si cambiaran las circunstancias o me conviniera, a revelar sus comentarios y opiniones ante el bando contrario.
La confianza tarda muchos años en construirse y puede perderse en un instante. Por eso, siempre he desconfiado del hombre camaleón: aquel que adopta el color del lugar donde se encuentra, halaga a cada grupo y cambia de tonalidad según la conveniencia del momento.
Quizás obtenga ventajas pasajeras, pero termina condenado a algo peor que la soledad: que nadie crea verdaderamente en su palabra.








