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martes, 6 de octubre de 2026
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La pieza olvidada
La pieza olvidada
Por
Homero Luis Lajara Solá
Quienes hemos pasado buena parte de la vida entre buques sabemos que no todo lo importante está a la vista. Debajo de la línea de flotación, próximo al eje y a la hélice, trabaja un pequeño bloque de zinc o aluminio: el ánodo de sacrificio.
El agua salada provoca una lucha silenciosa entre los metales. Para impedir que la corrosión muerda la hélice, el eje o el casco, se coloca allí una pieza fabricada para deteriorarse primero. Se gasta, pierde su forma y termina siendo reemplazada.
No mueve el buque ni recibe pintura de calidad. Pero cuando la nave entra a dique y el ánodo aparece consumido, el buen marino sabe que esa pieza pequeña cumplió su cometido.
Algo parecido ocurre en las familias, en las instituciones y hasta en los países. Siempre hay alguien que recibe primero el golpe, contiene una discordia o pone su prestigio por delante para evitar que la corrosión alcance a los demás. Muchas veces nadie advierte ese desgaste porque sucede, precisamente, debajo de la línea de flotación.
El mando verdadero también exige saber colocarse entre la adversidad y los subordinados. No para encubrir faltas ni proteger lo incorrecto, sino para impedir que la intriga, la mezquindad o la conveniencia destruyan piezas valiosas. El comandante que conserva intacto su brillo mientras consume a su gente ha invertido el principio naval: convirtió la hélice en ánodo.
Ninguna nave responsable espera que esa pieza desaparezca por completo. Se inspecciona y se sustituye a tiempo. En la vida debería ocurrir lo mismo. Quien lleva años recibiendo la corrosión ajena también —con un relevo preparado— necesita la indispensable alternabilidad en el mando, descanso y gratitud. Dejarlo agotarse no es sacrificio: es abandono.
El mar guarda sus mejores lecciones en lugares que casi nadie mira. A veces, la pieza menos vistosa es la que mantiene intacta toda la obra viva.
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Vincerò
Vincerò
Por
Homero Luis Lajara Solá
El 10 de febrero de 2006, en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín, Luciano Pavarotti apareció con su capa negra y cantó Nessun dorma de Giacomo Puccini. Cuando llegó al Vincerò, el estadio se puso de pie. Nadie sospechaba que estaba presenciando su última aparición pública.
Pavarotti había logrado algo reservado a muy pocos: sacar la ópera de sus recintos solemnes y llevarla hasta personas que no leían programas ni entendían italiano. Para escucharlo no hacían falta explicaciones. Bastaba con dejarse tocar por aquella voz.
Para quien no conoce la ópera Turandot, la princesa de Pekín promete casarse con el hombre capaz de resolver tres enigmas. El que falle perderá la vida. El príncipe Calaf los resuelve, pero ella se niega a aceptarlo. Entonces él le ofrece una salida: si descubre su nombre antes del amanecer, podrá enviarlo a la muerte; si no lo consigue, deberá casarse con él.
Turandot ordena que nadie duerma hasta averiguarlo. Eso significa Nessun dorma: “Que nadie duerma”. Calaf espera confiado la llegada del día y termina proclamando Vincerò: “Venceré”. Al final, él mismo revela su nombre y la princesa, ya vencida en su frialdad, lo anuncia ante el pueblo.
Aquella noche la palabra parecía escrita también para Pavarotti. Su salud estaba quebrantada y cantar en vivo bajo aquel frío era un riesgo. Tiempo después se supo que la interpretación había sido grabada previamente. Hay que decirlo. Pero una ayuda técnica no es lo mismo que un talento prestado. La grabación era suya, como suya era aquella voz que durante décadas había hecho levantarse de sus asientos a públicos de todas las lenguas.
No nos llamemos a engaño. La inteligencia artificial puede limpiar el sonido, corregir una nota e imitar un timbre. Puede ser una magnífica herramienta. Lo que no puede comprar ni instalar es el don. Para imitar a Pavarotti primero tuvo que existir Pavarotti. Y aquella garganta no nació terminada: detrás hubo estudio, sacrificio, respiración, caídas y años de trabajo. El talento sin disciplina también termina desafinado.
En el mar ocurre algo parecido. El radar más avanzado no concede ojo marinero a quien nunca ha sentido crujir un buque en medio de una marejada. Los instrumentos ayudan, pero no sustituyen el temple ni la experiencia.
Mientras Pavarotti cantaba, la barca de Caronte parecía haber soltado amarras para ir a buscarlo. Caronte, en la mitología griega, conduce las almas hacia la eternidad. El tenor murió al año siguiente, pero el viejo barquero solo pudo llevarse su cuerpo. La voz quedó entre nosotros.
Por eso regreso al final de aquellas imágenes. Pavarotti levanta el rostro y lanza su Vincerò. Ya no se escucha solamente al príncipe Calaf. Se escucha a un hombre desafiando al tiempo. No venció a la muerte, porque nadie puede. Venció al olvido.
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