Dominarse o derivar
Por
Homero Luis Lajara Solá
“Dedicado a los militares del milenio, a quienes les ha tocado navegar un mundo radicalmente distinto al que nos formó a los antiguos”.
Entre la dopamina y la procrastinación se libra, silenciosamente, una de las batallas más decisivas del mundo moderno: la del dominio de la voluntad. No es un combate visible ni estruendoso; ocurre en el interior del individuo, en cada decisión postergada, en cada impulso no gobernado. Comprenderlo exige algo más que intuición: requiere mirarlo con la claridad de la ciencia y la profundidad de la filosofía.
La dopamina no es el enemigo. La neurociencia la identifica como el motor de la anticipación, el sistema que impulsa la acción y sostiene la motivación. Sin ella, no habría conquista ni disciplina posible. Pero en una época saturada de estímulos inmediatos —notificaciones, redes sociales yrecompensas instantáneas— ese sistema ha sido sobrecargado artificialmente. Lo que antes servía para sobrevivir, hoy muchas veces conduce a la dispersión.
Ahí surge la procrastinación. No como una simple falta de carácter, sino como la consecuencia de un desajuste en el sistema de recompensa: el cerebro, entrenado para lo inmediato, rehúye lo que exige esfuerzo sostenido. La ciencia lo describe con precisión, pero la filosofía lo advirtió mucho antes.
Desde los estoicos hasta los grandes pensadores clásicos, la enseñanza ha sido constante: quien no gobierna sus impulsos termina siendo gobernado por ellos. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en querer hacer lo que se debe.
Un marino lo entendería sin rodeos: no es que el buque carezca de potencia, es que navega sin disciplina de rumbo. Puede avanzar con rapidez empujado por corrientes favorables, pero sin control termina a la deriva cuando enfrenta mar de fondo.
Por eso, este no es un tema académico, sino una cuestión de carácter. Reordenar el sistema interno implica reaprender a encontrar satisfacción en lo difícil, en lo que exige constancia, en lo que construye y permanece. Es ahí donde se forjan los hombres que sostienen instituciones y no simplemente los que reaccionan al momento.
Y en ese proceso, hay una herramienta que sigue siendo insustituible: la lectura. No la lectura superficial y fragmentada de la inmediatez, sino el encuentro deliberado con los clásicos universales, con aquellas obras que han resistido el paso del tiempo porque contienen las preguntas esenciales del ser humano. En ellas se aprende a pensar, a discernir, a gobernarse.
El militar del milenio —y el no militar— no solo debe dominar técnicas y tecnologías; debe dominarse a sí mismo. Y ese dominio no se improvisa: se cultiva en el silencio del estudio, en la disciplina de la lectura y en el diálogo con quienes pensaron antes y mejor.
Porque al final, la ciencia explica el mecanismo, pero la filosofía señala el camino.
Y entre ambas, cada hombre decide si deriva… o si toma el timón.




























