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jueves, 2 de abril de 2026
DNCD OCUPA EN EL AILA 12 LÁMINAS DE PRESUNTA COCAÍNA OCULTAS EN CAJAS DE CARTÓN
La semana mayor
La semana mayor
Por
Homero Luis Lajara Solá
La Semana Santa no nació como vacaciones ni como excusa para escapar a la playa. Su origen es mucho más sobrio, incluso incómodo para el espíritu moderno.
Surge de la memoria de los últimos días de Jesucristo: una entrada humilde, una cena de despedida, una traición, un juicio injusto y una muerte pública. Los primeros cristianos no celebraban; recordaban. Ayunaban, guardaban silencio, meditaban. Era un tiempo para mirarse por dentro, no para distraerse por fuera.
Con el paso de los siglos, la Iglesia organizó esos recuerdos en ritos, procesiones y símbolos. La tradición creció, se volvió visible, incluso hermosa. Llegó a América con los españoles y aquí echó raíces propias. Pero toda tradición corre el riesgo de vaciarse cuando se repite sin conciencia. Y eso, en buena medida, es lo que ha ocurrido.
Hoy, para muchos jóvenes y no tan jóvenes, la Semana Santa es sinónimo de carretera, música alta y playa. No hay nada de malo en descansar, pero algo se pierde cuando el ruido sustituye completamente al significado. Se olvida que esta semana habla de sacrificio, de injusticia, de lealtad y también de esperanza. No es una historia vieja: es un espejo bastante actual.
Tal vez no se trata de volver al pasado ni de imponer solemnidades. Se trata, más bien, de rescatar el sentido. Entender que detrás de los días libres hay una historia que ha marcado a millones de personas durante siglos. Y que, aun en medio del mundo acelerado de hoy, detenerse un momento —aunque sea breve— puede decir más que cualquier fiesta.
Porque al final, lo importante no es cómo se vive la Semana Santa hacia afuera, sino lo que deja por dentro.
miércoles, 1 de abril de 2026
La Hermandad de Veteranos FF.AA. y P.N. recibirá apoyo de la Fundación Salas y la Fundación Luz en el Fondo del Alma.
El armagedón mental
El armagedón mental
Por
Homero Luis Lajara Solá
En esta época, el ser humano parece vivir fuera de su propio tiempo. Arrastra el pasado como si aún pudiera corregirlo y teme el futuro como si ya estuviera escrito. En ese vaivén, el presente —único espacio donde realmente ocurre la vida— queda relegado a un segundo plano.
No es un fenómeno casual. Las redes sociales y el ecosistema informativo han transformado la percepción de la realidad. Hoy no se premia la mesura, sino el impacto. No se difunde lo importante, sino lo alarmante. Cada noticia compite por atención elevando el tono, empujando al lector a un estado permanente de inquietud.
Así se ha instalado una sensación de crisis continua. Todo parece urgente, todo asemeja ser definitivo, todo se presenta al borde del colapso. Se habla de guerras, de tensiones globales, de amenazas inminentes. Pero más allá de los hechos —que siempre han existido en la historia— lo que realmente se ha intensificado es la percepción de inestabilidad.
Vivimos, en gran medida, dentro de un “armagedón mental”.
El problema no es solo lo que ocurre, sino cómo lo procesamos. La repetición constante de escenarios negativos termina por fijarse como una realidad emocional. Y el individuo, expuesto a ese flujo ininterrumpido, reacciona más de lo que reflexiona. Se indigna, opina, comparte… pero pierde de vista su propio ámbito de acción.
Se instala entonces una paradoja: estamos más informados que nunca, pero menos centrados que antes.
La filosofía clásica advertía sobre esto mucho antes de que existieran las pantallas. Los estoicos insistían en que el sufrimiento no proviene de los hechos, sino de la interpretación que hacemos de ellos. Hoy esa interpretación ya no es enteramente propia; está mediada, amplificada y, muchas veces, distorsionada.
El resultado es un ciudadano emocionalmente saturado, que vive en alerta sin dirección clara. Un ciudadano que teme el mañana, no por lo que realmente sabe, sino por lo que constantemente le hacen sentir.
Sin embargo, la vida real sigue ocurriendo lejos del ruido. Está en lo inmediato, en lo concreto, en las decisiones diarias que no aparecen en titulares. Está en el trabajo bien hecho, en la disciplina personal, en la serenidad con la que se enfrentan los problemas reales.
Recuperar el presente, en este contexto, es casi un acto de rebeldía.
Implica filtrar, seleccionar, y en ocasiones, desconectarse. Implica entender que el mundo siempre ha tenido conflictos, pero que no todos requieren nuestra angustia permanente. Implica, sobre todo, asumir que el único espacio donde tenemos poder es el ahora.
No el ayer que ya pasó. No el mañana que aún no llega.
El ahora.
martes, 31 de marzo de 2026
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