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viernes, 14 de agosto de 2026
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Cuando el timón de la sociedad era la ley
Cuando el timón de la sociedad era la ley
Por
Homero Luis Lajara Solá
Babilonia existió hace casi cuatro mil años —alrededor de 1800 antes de Cristo— en la Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates (hoy Irak). Mientras muchas sociedades navegaban sin cartas ni rumbo, Babilonia ya había entendido una verdad básica de toda travesía: sin reglas claras, el barco se va a la deriva.
Durante el reinado del rey Hammurabi, esa civilización trazó su carta náutica principal: un código de leyes escrito. No era perfecto, pero cumplía una función vital: fijar el rumbo. Allí se regulaban la familia, el comercio, la propiedad y las responsabilidades. Lo importante no eran los castigos, sino el principio: el mando también estaba sujeto a la norma.
En Babilonia todo quedaba registrado. Actas de nacimiento, contratos de matrimonio, herencias y compraventas. En lenguaje de marinos: cada maniobra quedaba en la bitácora. Eso evitaba improvisaciones, abusos y choques innecesarios. Sin registro, no hay orden; sin orden, no hay flotilla que aguante.
Incluso las mujeres libres podían poseer bienes y acudir a tribunales. No era igualdad plena, pero sí reconocimiento jurídico. La ciudad funcionaba porque cada quien conocía su rol, sus límites y sus responsabilidades.
La lección es clara y vigente. Ninguna institución —y menos una armada— puede operar con éxito si cada cual interpreta las órdenes a su manera. La Ley Orgánica es el reglamento de navegación de las Fuerzas Armadas. No es obstáculo, es protección. Garantiza disciplina, mando legítimo y cohesión.
Cuando se respeta la ley, la nave avanza firme, aun con mar gruesa. Cuando se la ignora, el naufragio no es cuestión de ideología, sino de tiempo. Babilonia lo entendió hace cuatro mil años. Nosotros no tenemos excusa para olvidarlo.
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Cuando el poder teme.
Cuando el poder teme.
Por:Homero Luis Lajara Solá
Pocas organizaciones medievales han dejado una huella tan profunda como los Caballeros Templarios. A más de siete siglos de su desaparición, su nombre sigue despertando curiosidad. Unos los asocian con tesoros ocultos; otros, con secretos inconfesables. Sin embargo, la verdadera historia resulta mucho más reveladora que cualquier leyenda.
La Orden del Temple nació en Jerusalén alrededor del año 1119. Europa atravesaba la época de las Cruzadas y miles de peregrinos emprendían largos viajes hacia los lugares santos del cristianismo. Los caminos eran peligrosos, por lo que un pequeño grupo de caballeros decidió dedicar su vida a proteger a esos viajeros. Así surgió una institución singular: hombres que profesaban votos religiosos y, al mismo tiempo, empuñaban las armas.
Con el paso de las décadas, aquel reducido grupo se transformó en una organización presente en buena parte de Europa y Oriente. Administraban fortalezas, custodiaban rutas, gestionaban propiedades y desarrollaron mecanismos financieros que para su tiempo resultaban extraordinarios. Su prestigio era tal que reyes, nobles y comerciantes depositaban en ellos sus bienes y recursos.
Pero la historia enseña que la influencia suele despertar admiración mientras permanece limitada. Cuando adquiere gran dimensión, comienza a generar inquietud.
A comienzos del siglo XIV, el rey Felipe IV de Francia, conocido como Felipe el Hermoso, enfrentaba dificultades económicas derivadas de guerras y gastos de Estado. Además, mantenía compromisos financieros con los templarios.
La Corona francesa dependía en buena medida de los servicios financieros de la orden.
Frente a una organización rica, respetada y relativamente independiente, el monarca optó por una vía que cambiaría la historia. En 1307 ordenó el arresto masivo de los templarios en territorio francés. Las acusaciones incluyeron herejía, blasfemia y prácticas contrarias a la fe. Muchas confesiones fueron obtenidas mediante tortura, un procedimiento lamentablemente común en aquella época.
El papa Clemente V terminó cediendo ante las presiones políticas y en 1312 decretó la disolución de la orden. Dos años después, Jacques de Molay, último gran maestre templario, fue ejecutado en París. Con él desaparecía una de las instituciones más poderosas de la Edad Media.
La importancia histórica de los templarios no radica en los mitos construidos posteriormente. Su legado se encuentra en otro lugar. Representan uno de los ejemplos más claros de cómo una organización puede alcanzar enorme influencia gracias a la disciplina, la confianza y una estructura eficiente.
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