lunes, 10 de noviembre de 2014

EXPEDICIÓN Misión naval a España, 60 aniversario

 Homero Luis Lajara Solá 
“Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y de cara al cielo, donde parezca un sueño la agonía, y el alma un ave que remonta el vuelo.”
-Manuel Gutiérrez Nájera-
Era una hermosa mañana del 6 de septiembre de 1954, en cuyo escenario, cincuenta  guardiamarinas (cadetes) de la entonces Marina de Guerra, junto a otros cien jóvenes cadetes (50 del Ejército y 50 de la Aviación Militar), con la estanca visión que permitía una férrea dictadura, proa al viento, zarparon oteando en lontananza el horizonte de la gloria, cuando el sol repuntaba el alba, a bordo de tres buques de la antigua Marina de Guerra.
Eran todos muy jóvenes, pero ya soñaban con un futuro promisorio en sus incipientes carreras militares, navales y aéreas, lo que en efecto se concretiza con el correr de los años, pues muchos de ellos escalaron destacadas posiciones y altos rangos en la vida castrense.
Cruzando el Atlántico hicieron historia, al ser la misión conjunta hacia el extranjero más distante y la de mayor despliegue de nuestras Fuerzas Armadas en toda su existencia.
Por eso resulta increíble darnos cuenta que al día de hoy, en el seno mismo de la Armada Dominicana, los mares revueltos y tormentosos de la mezquindad y el egoísmo, enlazados con la ceguera mental de la historia, han sido rocas inmutables que han impedido que las reseñas  históricas sean conocidas, más aún ese brillante legado y estela de referencia, lleno de profesionalidad, tradición y orgullo naval, donde nombres ejemplares como el capitán de navío Ángel Enrique Brito Santana, Jefe de Misión, el capitán de fragata José García Frías, comandante del Destructor D-101, capitán de corbeta Luis Damián Cedeño, comandante de la Fragata F-103, y el teniente de Navío Domingo Germán Bello, comandante de la corbeta Colón C-101, hoy son figuras desconocidas en el mundo militar y no militar, a pesar de haber sido los tres comandantes de buques que en esa célebre Misión  Simbólica de Buena Voluntad, pusieron en alto el Pabellón Nacional hace ya seis décadas.
Ellos fueron nuestros nautas que, catalejo en mano, cabalgando en el lomo de las olas y guiados por una titilante y lejana estrella, y sin la ayuda de la actual tecnología GPS, hicieron posible que nuestros jóvenes marinos se lucieran en las ceremonias militares, desfiles y paradas, que llenas de esplendor, se movían al compás de una rítmica banda de músicos.
Es penoso darse cuenta de que la mayoría de las jóvenes generaciones en su conciencia colectiva desconozcan esas hazañas, solo porque los llamados a difundir ese acontecimiento no lo hayan hecho, ni siquiera en momentos como éste, donde, aprovechando la falta de autoridad, temor a la sanción y ausencia de valores cívicos y morales, la cicuta del narcotráfico y el crimen organizado, conexa al mal eterno que representan algunos políticos, corroe el Alma Nacional, trayendo como fatal resultado que muchos jóvenes vean el país como un Estado fallido.
Por tales razones, mientras esté en dominio de mis facultades, estaré tratando de contribuir con el rumbo que creo es el correcto: el que conduce al progreso y las luces de la civilización.
Aunque los disolutos pregoneros tengan más recursos que Tutankamón, incluso con sus perros guardianes  mediáticos que ensartan con el garfio de la mentira aviesa y lenguaje soez, mientras existan hombres de moral inquebrantable, no podrán corromper y confundir  a toda una nación.
Mi mayor deseo es que esta travesía hacia el Atlántico Norte, realizada por los nautas dominicanos de los años cincuenta, les sirva de ejemplo a los hombres de mar de este tiempo, y como lo fue Jasón con su nave Argo, cuando navegó y llegó a Cólquida en busca del vellocino de oro; de esa misma manera a las ciudades que ellos arribaron, sus nombres nos llenen el tímpano: Punta Delgada, islas Azores en el Atlántico; Cádiz, Sevilla..., en Europa continental; y Palma de Mallorca, Islas Baleares, en el viejo mar Mediterráneo, que perteneció una vez al dominio del Imperio Romano. Que esta travesía marítima a España en devolución simbólica del primero de Colón a la Española, sea vista también por la ciudadanía como un referente de profesionalidad de las armas de la República.
Y así como el sol y las estrellas son eternos en el firmamento y los dioses  del Olimpo lo fueron para la Grecia de Pericles, de esa misma manera deben ver ese derrotero épico los antiguos y  jóvenes oficiales de la Armada y  de las demás instituciones uniformadas, así como nuestros cultos  historiadores, para cuando el estado de abyección de algunas conciencias un día despierte, entonces lo vean en su verdadera magnitud, “per omnia saecula saeculorum”: por los siglos de los siglos. Con la gracia de Dios.
En el sexagésimo aniversario de aquel periplo, sempiterno y henchido de grandeza y honor, recordemos con respeto y admiración a los componentes de esas promociones del arte de la guerra, muchos de los cuales ya dieron la vuelta de campana, abordando la barca de Caronte, para cruzar el río Leteo, quienes con una misión cumplida de perfectas singladuras, bajo la égida de Neptuno, arribaron satisfechos a la Patria de Duarte, un 9 de noviembre de 1954, sobre todo, a los que alcanzaron las posiciones cimeras, comandando y desempeñándose con sentido de grandeza, sin perder la humildad ni la dignidad, muy especialmente al arquitecto y mentor de aquel viaje, el vicealmirante Luis Homero Lajara Burgos, prototipo del correcto y profesional oficial naval.
Loor a esos distinguidos  servidores públicos,  herederos de La Fuente de Rodeo, Beller, Las Carreras y Tortuguero, de ayer y de hoy, quienes aferrados al timón de las convicciones más puras, para bien del país, con su accionar honesto  y responsable, sostuvieron y sostienen la estructura que tantas indelicadezas e intrigas manipuladas han querido hundir,  para que el relevo generacional eleve el gallardete de la gloria en el zenit del deber, con mística, disciplina, lealtad, respeto a las leyes y los símbolos, continuando la sagrada encomienda de seguir poniendo  en alto la Bandera Nacional y el uniforme militar-el virtuoso y apolítico-, buque insignia de la dominicanidad pura.
Pies de foto En la estatua de Cristóbal Colón en Madrid mientras ofrendaban una corona de flores a la memoria del Gran Almirante, acto efectuado el 24 de octubre de 1954. El contralmirante Luis Homero Lajara Burgos acompañado del comandante de la unidad táctica naval, capitán de fragata Ángel Enrique Brito Santana, de los comandantes de los buques, José García Frías, Luis Damián Cedeño, el agregado militar coronel Salvador Monclús y el agregado naval, capitán de corbeta Carlos José Martínez. (Foto: Del archivo del almirante Lajara Burgos).
Fuente Listin Diario.


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