Este miércoles se estrena en el Teatro Nacional la ópera La
Bohéme, para celebrar el el 40 aniversario de esa institución. Dos funciones
siguientes serán ofrecidas el viernes y el domingo.
Con certeza, la vemos en la naturaleza, en los rincones más
recónditos del orbe y en las creaciones humanas. Y es aquí, donde el ingenio y
las manos laboriosas se fusionan en un destello de inspiración y creación para
transformar la realidad en arte, que adquiere su mayor valor y estima.
Es quizás la ópera, de todas las manifestaciones del arte, sacro
y secular, la más rica, compleja, y la que mayores controversias ha generado a
lo largo de su historia. Su substancia misma es tumultuosa, confluyen en ella
diversas artes: música, danza, escenografías, artes plásticas (decorados,
vestuarios etc.) y literatura, pareciera que, a manera de una medusa
gigantesca, pretendiera abarcarlo todo.
Pasó de ser una obra teatral compuesta para el canto y el acompañamiento
orquestal, a un espectáculo dramático y, luego, a una institución social, que
básicamente representaba a las clases dominantes.
Su descubrimiento no pudo ocurrir en otra época más propicia que
durante el surgimiento del barroco, corriente pretensiosa y segregante. El arte
huía de sus formas sacras y el convencionalismo del Medioevo para, poco a poco,
mientras los hombres hurgaban en las catacumbas de la tradición grecorromana,
ir adentrándose en la maraña de la modernidad, lo cual supuso una ruptura
definitiva con la tradicional búsqueda de la belleza que por tanto siglos
amedrentó la imaginación pura.
La ambición de los artistas barrocos de recargarlo todo, hasta
hacerlo excesivo, y la obsesión de no dejar ningún espacio vacío que pudiese
rellenar la sensibilidad del otro -Horror vacui (miedo al vacío)-, los llevó a buscar un género capaz de abarcar
todas las manifestaciones artísticas posibles, de ahí que denominaran a la
ópera como “la obra de arte total”.
La ópera, en contrapunto con las experiencias artísticas
eclesiásticas, es un género musical profano. Surge en Italia a comienzos del
siglo XVII. La primera ópera de la que se tiene noticia es “Dafne” de Jacobo
Pieri, estrenada en 1597. Pero no es sino hasta el 1607, cuando C. Monteverdi mostrara al mundo su “Orfeo”, consagrada como
la primera gran ópera, por reunir todas las características del género.
La palabra ópera, emparentada con la forma plural latina de opus,
podría traducirse como obras, y según el uso, muy pocas veces son relacionadas
en castellano como derivadas de un mismo origen. El DRAE le asigna a opus un
origen latino, mientras que a ópera, italiano; de hecho, es una palabra
patrimonial en esta última lengua y un cultismo. Para el caso que nos ocupa, la
comprensión del término nos sitúa en la esencia misma de lo que es y lo que
representa: una obra compuesta de obras dirigida a una clase específica, culta
y prestigiosa.
El genio artístico nos ha legado, del millar de composiciones a
lo largo de la evolución y consolidación de esta especie, menos de un centenar
de obras que podrían llamarse óperas famosas, inscritas en la tradición
universal por la impronta de su factura y la aceptación del público que las
consagró.
La lista sería extensa y la labor ardua para resumirla en un
párrafo o dos, pero me limitaré hacer mención de unas cuantas.
Acaso fue Pedro Henríquez Ureña, en un breve y significativo
ensayo de 1904, quien me acercara al conocimiento de la ópera italiana. La
Gioconda de Verdi, Cavallería Rusticana de Mascagni, Andrea Chenier de
Giordano, Manon Lescaut, La Tosca y La Bohemia de Puccini, son nombres que
evoco de esta lectura, que entran en el selecto círculo del gusto universal.
Apropósito de La Bohemia, que estará presentándose nuevamente en
el país auspiciada por el Ministerio de Cultura, decía el maestro Henríquez
Ureña que “interpreta el verdadero espíritu de la bohemia, que vive aferrada al
ideal en medio de la realidad más cruel”.
La ópera, de muchas maneras, encarna el gusto más elevado de las
sociedades y si se quiere, dentro de la lucha de clases, representa el triunfo
absoluto de los círculos élites sobre los que menos posibilidades tienen de
alcanzar un desarrollo más o menos aceptable en la sociedad.
Como obra total que busca representar el universo de seres y
situaciones humanas y simbólicas, condensándolas en un espacio cargado de
ritmos, tiempos y formas concretas y abstractas, la ópera, si se lograra
expandir el acceso de todos a su disfrute, posiblemente contribuiría a darle, a
una mayoría desatendida, una visión menos sórdida, cuanto más bella de su
experiencia vital y su conocimiento del mundo.
Fotos:
1, 2 y 3: Fotos de los
ensayos. (Por: José Rafael Sosa).
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