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miércoles, 7 de agosto de 2013

La ópera: “obra de arte total” que debe expandirse..



Este miércoles se estrena en el Teatro Nacional la ópera La Bohéme, para celebrar el el 40 aniversario de esa institución. Dos funciones siguientes serán ofrecidas el viernes y el domingo. 

La belleza, como decía Jorge Luis Borges, es un misterio hermoso, y disfrutar de ella -reconocerla en todas sus manifestaciones- ha sido una de las ocupaciones más apasionantes a la que hombres y mujeres de todas las generaciones han dedicado especial atención. 

Con certeza, la vemos en la naturaleza, en los rincones más recónditos del orbe y en las creaciones humanas. Y es aquí, donde el ingenio y las manos laboriosas se fusionan en un destello de inspiración y creación para transformar la realidad en arte, que adquiere su mayor valor y estima. 

Es quizás la ópera, de todas las manifestaciones del arte, sacro y secular, la más rica, compleja, y la que mayores controversias ha generado a lo largo de su historia. Su substancia misma es tumultuosa, confluyen en ella diversas artes: música, danza, escenografías, artes plásticas (decorados, vestuarios etc.) y literatura, pareciera que, a manera de una medusa gigantesca, pretendiera abarcarlo todo.  Pasó de ser una obra teatral compuesta para el canto y el acompañamiento orquestal, a un espectáculo dramático y, luego, a una institución social, que básicamente representaba a las clases dominantes. 

Su descubrimiento no pudo ocurrir en otra época más propicia que durante el surgimiento del barroco, corriente pretensiosa y segregante. El arte huía de sus formas sacras y el convencionalismo del Medioevo para, poco a poco, mientras los hombres hurgaban en las catacumbas de la tradición grecorromana, ir adentrándose en la maraña de la modernidad, lo cual supuso una ruptura definitiva con la tradicional búsqueda de la belleza que por tanto siglos amedrentó la imaginación pura.

La ambición de los artistas barrocos de recargarlo todo, hasta hacerlo excesivo, y la obsesión de no dejar ningún espacio vacío que pudiese rellenar la sensibilidad del otro -Horror vacui (miedo al vacío)-,  los llevó a buscar un género capaz de abarcar todas las manifestaciones artísticas posibles, de ahí que denominaran a la ópera como “la obra de arte total”. 
La ópera, en contrapunto con las experiencias artísticas eclesiásticas, es un género musical profano. Surge en Italia a comienzos del siglo XVII. La primera ópera de la que se tiene noticia es “Dafne” de Jacobo Pieri, estrenada en 1597. Pero no es sino hasta el 1607, cuando C. Monteverdi  mostrara al mundo su “Orfeo”, consagrada como la primera gran ópera, por reunir todas las características del género.

La palabra ópera, emparentada con la forma plural latina de opus, podría traducirse como obras, y según el uso, muy pocas veces son relacionadas en castellano como derivadas de un mismo origen. El DRAE le asigna a opus un origen latino, mientras que a ópera, italiano; de hecho, es una palabra patrimonial en esta última lengua y un cultismo. Para el caso que nos ocupa, la comprensión del término nos sitúa en la esencia misma de lo que es y lo que representa: una obra compuesta de obras dirigida a una clase específica, culta y prestigiosa.

El genio artístico nos ha legado, del millar de composiciones a lo largo de la evolución y consolidación de esta especie, menos de un centenar de obras que podrían llamarse óperas famosas, inscritas en la tradición universal por la impronta de su factura y la aceptación del público que las consagró.
La lista sería extensa y la labor ardua para resumirla en un párrafo o dos, pero me limitaré hacer mención de unas cuantas.

Acaso fue Pedro Henríquez Ureña, en un breve y significativo ensayo de 1904, quien me acercara al conocimiento de la ópera italiana. La Gioconda de Verdi, Cavallería Rusticana de Mascagni, Andrea Chenier de Giordano, Manon Lescaut, La Tosca y La Bohemia de Puccini, son nombres que evoco de esta lectura, que entran en el selecto círculo del gusto universal.

Apropósito de La Bohemia, que estará presentándose nuevamente en el país auspiciada por el Ministerio de Cultura, decía el maestro Henríquez Ureña que “interpreta el verdadero espíritu de la bohemia, que vive aferrada al ideal en medio de la realidad más cruel”.

La ópera, de muchas maneras, encarna el gusto más elevado de las sociedades y si se quiere, dentro de la lucha de clases, representa el triunfo absoluto de los círculos élites sobre los que menos posibilidades tienen de alcanzar un desarrollo más o menos aceptable en la sociedad.

Como obra total que busca representar el universo de seres y situaciones humanas y simbólicas, condensándolas en un espacio cargado de ritmos, tiempos y formas concretas y abstractas, la ópera, si se lograra expandir el acceso de todos a su disfrute, posiblemente contribuiría a darle, a una mayoría desatendida, una visión menos sórdida, cuanto más bella de su experiencia vital y su conocimiento del mundo.    



Fotos:

1, 2 y 3: Fotos de los ensayos. (Por: José Rafael Sosa).

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