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jueves, 12 de febrero de 2026
Wilson Camacho: defensa retarda proceso porque Jean Alain carece de argumentos para enfrentar las pruebas que pesan en su contra
Calafatear la ley
Calafatear la ley
Por
Homero Luis Lajara Solá
A la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas hay que calafatearla con estopa de la buena, de la que no se pudre con la humedad del tiempo ni con los vientos de la coyuntura.
Cuando la norma que sostiene el mando se agrieta y el agua entra sin hacer ruido: favoritismos, presiones externas, agendas personales.
Y en tiempos de marejada geopolítica —cuando el mundo se reacomoda y los intereses cruzan fronteras— esas filtraciones terminan desviando el rumbo de las instituciones.
La historia universal ofrece lecciones menos repetidas, pero elocuentes. Pensemos en el Imperio otomano en su etapa de reforma del siglo XIX. Comprendieron que no bastaba con modernizar uniformes y armamento; había que reordenar el marco legal y disciplinario que regía a sus fuerzas.
Cuando la ley se fortaleció y se impuso la subordinación institucional al Estado, la estructura militar recuperó cohesión y eficacia. Cada vez que se permitió que facciones o intereses particulares influyeran en la norma, el cuerpo se debilitó desde dentro.
La fortaleza de la defensa nacional no descansa solo en tecnología o entrenamiento, sino en la coherencia normativa que rige ascensos, retiros, nombramientos y doctrina. La ley debe ser concebida como casco de acero: sin grietas y sin excepciones caprichosas.
También en la España de la transición democrática se entendió que la estabilidad institucional requería una redefinición clara de la normativa que regía sus Fuerzas Armadas, asegurando su profesionalización y sujeción estricta al orden constitucional. Esa claridad legal permitió navegar un periodo delicado sin que las instituciones perdieran el rumbo.
En un país insular y estratégico, donde la geopolítica se siente en la piel y no en los mapas, la norma debe ser firme, previsible y justa.
La historia enseña que las fuerzas uniformadas no se sostienen solo por su poder material, sino por la integridad de la ley que las rige. Mantenerla íntegra, calafateada y orientada al interés nacional es asegurar que, en cualquier tormenta, el timón de la legalidad no se suelte jamás.
miércoles, 11 de febrero de 2026
Hermandad de Veteranos conforma Consejo Consultivo con ex Ministros de Defensa y altos mandos militares en retiro.
DGM EMITE MÁS DE 2 MIL PERMISOS DE SALIDA DE MENORES DURANTE ENERO DE 2026
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SENPA, CECCOM y Medio Ambiente desmantelan depósito clandestino de residuos y paralizan empresas vinculadas al vertido ilegal*
María Baltasara y el primer almirante dominicano
María Baltasara y el primer almirante dominicano
Por
Homero Luis Lajara Solá
En la historia naval dominicana hay un linaje que no nació en los salones del poder, sino en el coraje doméstico convertido en acción patriótica. Allí se levanta la figura de María Baltasara de los Reyes, mujer de temple que la tradición reconoce como una de las primeras en empuñar las armas en febrero de 1844 y que, además, ocultó a Juan Pablo Duarte cuando la persecución obligaba a escoger entre el miedo y la lealtad. Su casa fue refugio, su voluntad trinchera.
Pero su legado no terminó en aquellos días iniciales de la república. María Baltasara fue madre de Juan Alejandro Acosta, considerado por diversos testimonios históricos como el primer almirante dominicano. Nacido en un ambiente donde el mar y la patria se mezclaban como destino, Acosta creció viendo a su madre actuar con la misma determinación que luego exigiría la vida militar. No heredó privilegios; heredó carácter.
Juan Alejandro Acosta sirvió en las primeras estructuras navales de la república y alcanzó rango de general de marina, equivalente en su tiempo al de almirante. Fue protagonista en la organización de las fuerzas marítimas en un país que apenas nacía y que debía proteger sus costas con más voluntad que recursos. En él se encarna el tránsito entre la lucha improvisada de la independencia y la institucionalización del poder naval dominicano.
Cuando se habla del orgullo naval, conviene recordar que antes de los reglamentos y las academias hubo hogares donde se sembró la vocación de servicio. María Baltasara no solo combatió: formó a un marino que serviría a la república en sus primeras horas de vida. Madre e hijo representan una misma línea de quilla: la del deber asumido sin ruido.
En tiempos donde se habla de tradición naval, volver a ese origen es una lección. La historia marítima dominicana no comienza solo en los arsenales ni en los puentes de mando; comienza también en una madre que enseñó a su hijo que la patria se defiende en tierra… y se guarda en el mar.
martes, 10 de febrero de 2026
El Servicio Nacional de Protección Ambiental realizó una conferencia en el marco del Mes de la Patria
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