Calafatear la ley
Por
Homero Luis Lajara Solá
A la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas hay que calafatearla con estopa de la buena, de la que no se pudre con la humedad del tiempo ni con los vientos de la coyuntura.
Cuando la norma que sostiene el mando se agrieta y el agua entra sin hacer ruido: favoritismos, presiones externas, agendas personales.
Y en tiempos de marejada geopolítica —cuando el mundo se reacomoda y los intereses cruzan fronteras— esas filtraciones terminan desviando el rumbo de las instituciones.
La historia universal ofrece lecciones menos repetidas, pero elocuentes. Pensemos en el Imperio otomano en su etapa de reforma del siglo XIX. Comprendieron que no bastaba con modernizar uniformes y armamento; había que reordenar el marco legal y disciplinario que regía a sus fuerzas.
Cuando la ley se fortaleció y se impuso la subordinación institucional al Estado, la estructura militar recuperó cohesión y eficacia. Cada vez que se permitió que facciones o intereses particulares influyeran en la norma, el cuerpo se debilitó desde dentro.
La fortaleza de la defensa nacional no descansa solo en tecnología o entrenamiento, sino en la coherencia normativa que rige ascensos, retiros, nombramientos y doctrina. La ley debe ser concebida como casco de acero: sin grietas y sin excepciones caprichosas.
También en la España de la transición democrática se entendió que la estabilidad institucional requería una redefinición clara de la normativa que regía sus Fuerzas Armadas, asegurando su profesionalización y sujeción estricta al orden constitucional. Esa claridad legal permitió navegar un periodo delicado sin que las instituciones perdieran el rumbo.
En un país insular y estratégico, donde la geopolítica se siente en la piel y no en los mapas, la norma debe ser firme, previsible y justa.
La historia enseña que las fuerzas uniformadas no se sostienen solo por su poder material, sino por la integridad de la ley que las rige. Mantenerla íntegra, calafateada y orientada al interés nacional es asegurar que, en cualquier tormenta, el timón de la legalidad no se suelte jamás.


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