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miércoles, 11 de febrero de 2026
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María Baltasara y el primer almirante dominicano
María Baltasara y el primer almirante dominicano
Por
Homero Luis Lajara Solá
En la historia naval dominicana hay un linaje que no nació en los salones del poder, sino en el coraje doméstico convertido en acción patriótica. Allí se levanta la figura de María Baltasara de los Reyes, mujer de temple que la tradición reconoce como una de las primeras en empuñar las armas en febrero de 1844 y que, además, ocultó a Juan Pablo Duarte cuando la persecución obligaba a escoger entre el miedo y la lealtad. Su casa fue refugio, su voluntad trinchera.
Pero su legado no terminó en aquellos días iniciales de la república. María Baltasara fue madre de Juan Alejandro Acosta, considerado por diversos testimonios históricos como el primer almirante dominicano. Nacido en un ambiente donde el mar y la patria se mezclaban como destino, Acosta creció viendo a su madre actuar con la misma determinación que luego exigiría la vida militar. No heredó privilegios; heredó carácter.
Juan Alejandro Acosta sirvió en las primeras estructuras navales de la república y alcanzó rango de general de marina, equivalente en su tiempo al de almirante. Fue protagonista en la organización de las fuerzas marítimas en un país que apenas nacía y que debía proteger sus costas con más voluntad que recursos. En él se encarna el tránsito entre la lucha improvisada de la independencia y la institucionalización del poder naval dominicano.
Cuando se habla del orgullo naval, conviene recordar que antes de los reglamentos y las academias hubo hogares donde se sembró la vocación de servicio. María Baltasara no solo combatió: formó a un marino que serviría a la república en sus primeras horas de vida. Madre e hijo representan una misma línea de quilla: la del deber asumido sin ruido.
En tiempos donde se habla de tradición naval, volver a ese origen es una lección. La historia marítima dominicana no comienza solo en los arsenales ni en los puentes de mando; comienza también en una madre que enseñó a su hijo que la patria se defiende en tierra… y se guarda en el mar.
martes, 10 de febrero de 2026
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El cortesano transversal
El cortesano transversal
Por
Homero Luis Lajara Solá
Desde una óptica militar, válida para todas las profesiones, el cortesano transversal es una figura conocida, aunque pocas veces nombrada. En toda organización existe una cadena de mando: en las Fuerzas Armadas es visible; en la justicia, la empresa o los medios adopta formas más sutiles. El cortesano no la respeta: la rodea.
No busca ascensos por mérito ni por disciplina, sino por su habilidad para situarse siempre cerca del despacho correcto.
Cambia de lenguaje como otros cambian de uniforme. No por convicción, sino por temor a quedar fuera. No distingue entre lo justo y lo conveniente, sino entre lo cercano y lo lejano al poder. Cree gobernarse, pero en realidad es gobernado por la aprobación ajena.
En términos militares, este comportamiento es letal. Rompe la cohesión, erosiona la disciplina y debilita la confianza. Ninguna fuerza se derrota primero en el campo de batalla; cae antes cuando se premia la cercanía ineficaz y se castiga la rectitud. En cualquier profesión ocurre lo mismo: cuando la lealtad personal sustituye a la institucional, la misión pierde sentido.
El profesional íntegro —como el soldado recto— sabe que el deber no cambia con el comandante ni con la coyuntura. Cumple la orden legítima, respeta los reglamentos y acepta el costo de no adular. Entiende que la ética no es negociable y que la carrera se construye con constancia, no con atajos.
El cortesano transversal sobrevive. El profesional sirve.
Y solo el que sirve deja estructura, escuela y ejemplo. Ahí está la diferencia entre perdurar y simplemente estar.
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