lunes, 5 de octubre de 2026

Vincerò



El Leño Pinto Digital



Vincerò

 

 




Por 

 

Homero Luis Lajara Solá

 

 

El 10 de febrero de 2006, en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín, Luciano Pavarotti apareció con su capa negra y cantó Nessun dorma de Giacomo Puccini. Cuando llegó al Vincerò, el estadio se puso de pie. Nadie sospechaba que estaba presenciando su última aparición pública.

 

Pavarotti había logrado algo reservado a muy pocos: sacar la ópera de sus recintos solemnes y llevarla hasta personas que no leían programas ni entendían italiano. Para escucharlo no hacían falta explicaciones. Bastaba con dejarse tocar por aquella voz.

 

Para quien no conoce la ópera Turandot, la princesa de Pekín promete casarse con el hombre capaz de resolver tres enigmas. El que falle perderá la vida. El príncipe Calaf los resuelve, pero ella se niega a aceptarlo. Entonces él le ofrece una salida: si descubre su nombre antes del amanecer, podrá enviarlo a la muerte; si no lo consigue, deberá casarse con él.

 

Turandot ordena que nadie duerma hasta averiguarlo. Eso significa Nessun dorma: “Que nadie duerma”. Calaf espera confiado la llegada del día y termina proclamando Vincerò: “Venceré”. Al final, él mismo revela su nombre y la princesa, ya vencida en su frialdad, lo anuncia ante el pueblo.

 

Aquella noche la palabra parecía escrita también para Pavarotti. Su salud estaba quebrantada y cantar en vivo bajo aquel frío era un riesgo. Tiempo después se supo que la interpretación había sido grabada previamente. Hay que decirlo. Pero una ayuda técnica no es lo mismo que un talento prestado. La grabación era suya, como suya era aquella voz que durante décadas había hecho levantarse de sus asientos a públicos de todas las lenguas.

 

No nos llamemos a engaño. La inteligencia artificial puede limpiar el sonido, corregir una nota e imitar un timbre. Puede ser una magnífica herramienta. Lo que no puede comprar ni instalar es el don. Para imitar a Pavarotti primero tuvo que existir Pavarotti. Y aquella garganta no nació terminada: detrás hubo estudio, sacrificio, respiración, caídas y años de trabajo. El talento sin disciplina también termina desafinado.

 

En el mar ocurre algo parecido. El radar más avanzado no concede ojo marinero a quien nunca ha sentido crujir un buque en medio de una marejada. Los instrumentos ayudan, pero no sustituyen el temple ni la experiencia.

 

Mientras Pavarotti cantaba, la barca de Caronte parecía haber soltado amarras para ir a buscarlo. Caronte, en la mitología griega, conduce las almas hacia la eternidad. El tenor murió al año siguiente, pero el viejo barquero solo pudo llevarse su cuerpo. La voz quedó entre nosotros.

 

Por eso regreso al final de aquellas imágenes. Pavarotti levanta el rostro y lanza su Vincerò. Ya no se escucha solamente al príncipe Calaf. Se escucha a un hombre desafiando al tiempo. No venció a la muerte, porque nadie puede. Venció al olvido.


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