La pieza olvidada
Por
Homero Luis Lajara Solá
Quienes hemos pasado buena parte de la vida entre buques sabemos que no todo lo importante está a la vista. Debajo de la línea de flotación, próximo al eje y a la hélice, trabaja un pequeño bloque de zinc o aluminio: el ánodo de sacrificio.
El agua salada provoca una lucha silenciosa entre los metales. Para impedir que la corrosión muerda la hélice, el eje o el casco, se coloca allí una pieza fabricada para deteriorarse primero. Se gasta, pierde su forma y termina siendo reemplazada.
No mueve el buque ni recibe pintura de calidad. Pero cuando la nave entra a dique y el ánodo aparece consumido, el buen marino sabe que esa pieza pequeña cumplió su cometido.
Algo parecido ocurre en las familias, en las instituciones y hasta en los países. Siempre hay alguien que recibe primero el golpe, contiene una discordia o pone su prestigio por delante para evitar que la corrosión alcance a los demás. Muchas veces nadie advierte ese desgaste porque sucede, precisamente, debajo de la línea de flotación.
El mando verdadero también exige saber colocarse entre la adversidad y los subordinados. No para encubrir faltas ni proteger lo incorrecto, sino para impedir que la intriga, la mezquindad o la conveniencia destruyan piezas valiosas. El comandante que conserva intacto su brillo mientras consume a su gente ha invertido el principio naval: convirtió la hélice en ánodo.
Ninguna nave responsable espera que esa pieza desaparezca por completo. Se inspecciona y se sustituye a tiempo. En la vida debería ocurrir lo mismo. Quien lleva años recibiendo la corrosión ajena también —con un relevo preparado— necesita la indispensable alternabilidad en el mando, descanso y gratitud. Dejarlo agotarse no es sacrificio: es abandono.
El mar guarda sus mejores lecciones en lugares que casi nadie mira. A veces, la pieza menos vistosa es la que mantiene intacta toda la obra viva.


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