jueves, 1 de octubre de 2026

¿Cómo olvidarlo?




El Leño Pinto Digital

¿Cómo olvidarlo?

 

 

Por : Homero Luis Lajara Solá

 

 
El 1 de octubre de 1979 crucé, en la flor de mi juventud, la entrada de la Academia Naval. Mi padre había terminado e inaugurado ese histórico recinto de ciencias náuticas en 1953. Conocía ese dato desde niño, pero solo al traspasar la escala al futuro comprendí su peso. Ya no se trataba de admirar su trayectoria. Me correspondía comenzar la mía sin deshonrar la suya.
 
Los recuerdos no regresan en formación. Cuarenta y siete años después aparecen por fragmentos: la diana de las cinco, los martes de orden cerrado y el sudor copioso goteando la explanada, las voces de mando y los profesores en las aulas. Me veo en lontananza calculando la exmeridiana, trazando rectas de altura y tratando de fijar la posición del buque, mientras comenzaba, sin saberlo, a fijar la mía.
 
De mi graduación como oficial se han borrado algunos detalles. La mirada de mis progenitores permanece intacta. Mi padre, sabía cuánto exigía esa vida. Mi madre, la intriga que comenzaría. Ninguno pronunció un discurso. No hacía falta. Cuatro años, dos meses y dieciocho días de Academia estaban resumidos en aquel silencio.
 
Después vino la mar de verdad. El salitre dejó de ser una palabra, isla Beata, boca de Yuma y la bahía de Manzanillo dejaron de ser puntos sobre la carta. Hubo amaneceres sin costa a la vista, calor entre mamparos, raciones que llegaban tarde y puertos extranjeros donde la nieve nos encontró sin viáticos. Quien no ha pasado por eso puede escuchar la historia; conocerla es otra cosa. No se aprende por Internet, en un despacho climatizado, sólo en la fragua del cuartel.
 
Cuando me tocó ejercer el mando, aquellas carencias no eran anécdotas. La negligencia de una ración tardía tenía el rostro de un valioso alistado hambriento. El descuido en un pedido de ropa una baja a la moral.
 
Un peso público malgastado terminaría faltando en alguna cubierta. Por eso la listeza operacional, el bienestar del personal y la administración honrada fueron obligaciones inseparables. Quise llegar al fondeadero del retiro sin haber defraudado más que nada a mi conciencia. No he sido perfecto, nadie lo es.
 
A los jóvenes oficiales no les pediría que repitan nuestra travesía. Cada generación encuentra su propio viento. Sí les pediría que salgan a la mar con vocación. Que hagan una guardia efectiva, conozcan el buque y escuchen a la tripulación. Las glorias navales no se preservan solo repitiéndolas en tiempos de efemérides. 
 
Cuarenta y siete años después no hago inventario de cargos. Recuerdo cubiertas, guardias, retos, ausencia familiar, rostros y decisiones de una cadena que nunca debe volver a romperse de nuevo. ¿Cómo olvidarlo?

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