lunes, 21 de septiembre de 2026

Que sigan escribiendo






El Leño Pinto Digital



Que sigan escribiendo





Por 

 

Homero Luis Lajara Solá 

 



He leído con interés Coroneles, el nuevo libro del vicealmirante retirado Eurípides Antonio Uribe Peguero. Me place que haya publicado su versión. En un país de “memoria corta”, cada protagonista que cuenta lo vivido apegado a la verdad, deja una pieza útil para las generaciones presentes y futuras. Mucho más cuando se trata de episodios que, aunque nacieron dentro de los cuarteles, terminaron formando parte de la vida política nacional.

 

Conviene explicar de qué coroneles se habla. El relato habla de los coroneles de la “rebelión de los pilotos” de 1961; los del “contragolpe” de 1962 y los “constitucionalistas” de 1965.

 

Destaca con más detalles a los coroneles que conformaron un grupo, según los relatos publicados, para defender el voto en las elecciones de 1994. Se les conoció como “los coroneles de Peña Gómez”, porque respondían al liderazgo del Dr. José Francisco Peña Gómez, entonces candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano.

 

Esa es la matriz de: Coroneles y de Los muchachos de la democracia, obra publicada recientemente por el mayor general retirado e intelectual José Miguel Soto Jiménez.

 

También resultaría interesante escuchar a otros compañeros de armas que defendían un gobierno legítimo. Lo señalo con respeto. Ningún testimonio personal, por valioso que sea, puede abarcar todo cuanto ocurrió. Tácito recomendaba contar la historia sin ira ni parcialidad, pero para acercarse a ese propósito se necesitan varias voces.

 

En la evaluación de los testimonios escritos debe reconocerse la cohesión del relato y la ausencia de ego, sesgos o pasiones desbordadas. Es sencillamente la confirmación de que, cuando uno escribe sobre hechos muy cercanos, debe evitar que las emociones asuman el mando.

 

Por eso, las memorias y los libros históricos deben,preferiblemente, incluir documentos que avalen la mayoría de sus afirmaciones. No están para adornar páginas, sino para que el lector pueda comprobar los hechos y otros investigadores continúen el rumbo. Sobre los acontecimientos narrados por el excomandante de la Armada y escritor, esperamos esas reacciones. 

 

En ese periodo, como ayudante personal del secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, específicamente en los años 1994 y 1995, pude advertir que los coroneles involucrados en los aludidos hechos estaban casi todos vigilados y monitoreados. 

 

Hace falta conocer cómo se preparaba el Gobierno para enfrentar un posible movimiento militar y cuál habría sido su capacidad de reacción. Eso no puede analizarse contando solamente fusiles, cañones o unidades. Además del poder de fuego, importan los aspectos de potencia de combate: la inteligencia, las comunicaciones, la logística, la moral de las tropas y, de manera decisiva, el liderazgo dentro de los cuarteles.

 

La gran pregunta no es solo cuántas armas tenía cada sector, sino a quién obedecerían los uniformados cuando llegara la orden.

 

Estas lecturas deben servir igualmente para reafirmar lo dispuesto por la Constitución: las Fuerzas Armadas son obedientes al poder civil, apartidistas y no tienen, en ningún caso, facultad para deliberar. Podemos estudiar y comprender las circunstancias de otra época, sin convertirlas en doctrina para el presente.

 

Clausewitz sostuvo que la guerra era la continuación de la política por otros medios. En este siglo XXI habría que añadir que el principal enemigo de la guerra es la guerra misma, porque una vez desatada suele escapar del propósito que pretendía servir.

 

Que nadie interprete estas observaciones como una descalificación. Son exactamente lo contrario: una exhortación para que los demás protagonistas, de uno y otro lado, sigan escribiendo. El país necesita conocer esas versiones.



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