El arqueo final
Por
Homero Luis Lajara Solá
Quienes hemos visto zarpar un buque recién pintado sabemos que la mirada desde el muelle puede engañar. Impresionan el puente, los metales relucientes y la bandera al viento. Pero en la mar esos adornos pasan a segundo plano. Con el primer mal tiempo se sabrá si el casco resiste, si responde la máquina y si quien gobierna conoce el rumbo.
El arqueo no es el peso del buque, como muchos creen. El arqueo bruto, abreviado AB —o GT, por la denominación internacional Gross Tonnage—, comprende todos sus espacios cerrados. El arqueo neto, AN —o NT, Net Tonnage—, expresa su capacidad utilizable. Dicho en lenguaje de tierra: el primero señala todo cuanto encierra la nave; el segundo, cuánto de ese espacio puede aprovecharse.
El AB de una vida se exhibe fácilmente: edad, títulos, rangos, cargos, propiedades, viajes, fotografías con gente importante y reconocimientos recibidos. También incluye los fracasos, aunque estos casi siempre se guardan en un compartimento bajo llave. Todo eso abulta una biografía, pero no necesariamente la hace útil.
Para conocer el AN hay que abrir las bodegas. Entonces aparece el verdadero cargamento: el bien realizado sin anunciarlo, la familia levantada con sacrificio, el amigo auxiliado durante el temporal, la institución entregada en mejores condiciones y el nombre que no produce vergüenza cuando se pronuncia.
También conviene revisar el lastre. En un buque no es basura: sirve para mantenerlo estable. En la existencia, ese buen lastre está formado por la disciplina, la gratitud, la fe y la memoria de nuestros orígenes. Lo peligroso es confundirlo con el peso muerto de la vanidad, el resentimiento y la libreta donde algunos anotan cada favor para cobrarlo más adelante. Con esas bodegas abarrotadas se pierde velocidad y, a veces, hasta el derrotero.
El arqueo definitivo no lo hacemos nosotros. Lo realizan los demás cuando nuestro puesto queda vacío. Recordarán mejor cómo tratamos al marinero de servicio que los discursos pronunciados desde el puente de mando; la mano tendida pesará más que las insignias.
Al llegar al último fondeadero, importará poco el tamaño aparente de la nave. Contarán la carga llevada a buen puerto, las tormentas atravesadas sin abandonar a nadie y la bandera entregada sin manchas.
Ese será el arqueo neto de nuestra vida.


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