Leña del árbol caído
Por Homero Luis Lajara Solá
El abrupto relevo del mayor general Andrés Modesto Cruz Cruz al frente de la Dirección General de la Policía Nacional es celebrado por algunos que hablan con demasiada ligereza sobre decencia y humildad.
Conocí al general Cruz Cruz durante el recibimiento del buque escuela de la Armada en el apostadero naval de Sans Soucí. No cultivé amistad con él ni volví a tratarlo, pero me pareció una persona correcta y visiblemente ajena a un ambiente donde abundan los tiburones disfrazados de delfines.
Durante su breve gestión jamás escuché que se pusiera en duda su honestidad, que hubiera maltratado a un subalterno o que existiera alguna denuncia ciudadana por un abuso cometido por él. Eso no convierte automáticamente su gestión en exitosa, pero obliga a juzgarlo con equilibrio.
Entiendo que el general Cruz Cruz navegó recibiendo instrucciones desde el muelle, rodeado de consejeros que conocen la mar por los mapas, pero jamás han sentido el golpe de una ola sobre la cubierta. Se le exigía responder por la travesía mientras otras manos movían el timón.
La Policía Nacional no debe ser dirigida desde salones climatizados ni mediante manuales importados. Es necesario conocer la fragua, las necesidades de los destacamentos, las carencias de sus hombres y las luchas fratricidas que se libran en despachos y pasillos policiales. También hay que comprender que el estigma de corrupción de esa institución no comenzó con este gobierno ni desaparecerá con un decreto o un cambio de mando tal vez apresurado. Se requiere de algo mucho más complejo y equilibrado que eso.
Estimo que el mayor general Cruz Cruz hizo cuanto pudo dentro de los límites de su formación y de su experiencia profesional. Quizá no tenía el perfil para atravesar los escollos de Escila y Caribdis, aquellos dos peligros de la Odisea que convertían cualquier ruta en una elección dolorosa. Pero eso debió haber sido ponderado antes de siquiera pensar en poner contra el paredón a un oficial que, hasta donde sé, intentó manejarse decentemente.
Si yo estuviera en su lugar, me marcharía con la tranquilidad de haber intentado tomar las decisiones correctas en medio de fuerzas hostiles y asesores que desconocían la realidad diaria del policía que sirve en las calles.
Aprendí desde niño —por formación filial— que no se debe hacer leña del árbol caído y mucho menos cuando ese árbol no quedó manchado de sangre ni de peculado.
Su gestión podrá ser examinada y sus supuestos errores señalados. Lo que no merece un oficial de su calibre es la crueldad de quienes guardaron silencio mientras tuvo mando y descubrieron todos sus defectos después de su caída.
Váyase en paz, general Cruz Cruz. No todo relevo deshonra ni toda permanencia dignifica.


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