jueves, 20 de agosto de 2026

La velocidad que engaña





El Leño Pinto Digital


La velocidad que engaña

 





Por

 

Homero Luis Lajara Solá 

 

 

En el mar hay una idea que seduce a los inexpertos: creer que navegar más rápido siempre significa navegar mejor. Basta con observar una embarcación desplazándose a toda máquina para que muchos concluyan que ese es el secreto de un buen capitán. La realidad es otra. Quienes han pasado años en un puente de mando saben que el océano no premia la prisa; premia el juicio.

 

Por eso, los marinos hablan de la velocidad de crucero. No es la máxima que permite el motor, sino la que ofrece el mejor equilibrio entre consumo, rendimiento, autonomía y seguridad. Es la velocidad que permite recorrer grandes distancias sin castigar innecesariamente la maquinaria y conservando una reserva de potencia para cuando el mar deje de ser un aliado.

 

Esa reserva es la diferencia entre la improvisación y la prudencia. Un capitán que exige constantemente el máximo a sus motores navega sin margen. Si el viento arrecia, cambia la corriente o surge una emergencia, ya ha consumido buena parte de sus posibilidades de respuesta. En la mar, como en la estrategia, siempre conviene guardar capacidades para lo inesperado.

 

La enseñanza trasciende la navegación. También las personas y las instituciones suelen confundirse cuando viven permanentemente al límite de sus fuerzas. Se trabaja más, pero no necesariamente mejor. Se corre más, pero no siempre se avanza más lejos. La eficiencia rara vez nace de la aceleración permanente; nace del equilibrio.

 

Quizá por eso los buenos capitanes nunca se obsesionan con la velocidad máxima. Su verdadero objetivo es otro: llegar con el buque en buenas condiciones, con la tripulación segura y con la misión cumplida. Entienden que el éxito de una travesía no se mide por los minutos que se ganan al principio, sino por la capacidad de completar el viaje.

 

Al final, la velocidad de crucero es mucho más que un concepto náutico. Es una filosofía de mando. Enseña que la prudencia suele ser máútil que el ímpetu y que administrar inteligentemente los recursos casi siempre produce mejores resultados que agotarlos para impresionar a quienes observan desde la orilla.

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