Entre la espada y la pared
Por
Homero Luis Lajara Solá
La historia de Ulises—Odiseo para los griegos—atravesando el estrecho donde acechaban Escila y Caribdis ha sobrevivido casi tres mil años porque describe una realidad permanente de la condición humana. No siempre la vida ofrece la posibilidad de escoger entre el bien y el mal. En ocasiones obliga a decidir entre dos males, uno menor que el otro, y la verdadera sabiduría consiste en reconocer esa diferencia.
A un lado se encontraba Escila, el monstruo de seis cabezas que, apostado sobre un peñasco, arrebataba a varios marineros de cada embarcación que pasaba demasiado cerca. Al otro, Caribdis, un gigantesco remolino capaz de engullir por completo el barco y hacerlo desaparecer en las profundidades. Ninguna de las dos opciones era deseable.
Antes de emprender la travesía, Circe advirtió a Ulises que evitara la tentación de buscar una solución ideal. Le aconsejó navegar más cerca de Escila. El costo sería doloroso: perdería a seis de sus hombres. Sin embargo, conservaría el barco y salvaría al resto de la tripulación. Si intentaba esquivar a Escila acercándose a Caribdis, el remolino acabaría con todos.
La decisión de Ulises sigue siendo una extraordinaria lección de liderazgo. Gobernar, dirigir una institución, conducir una empresa o incluso una familia, muchas veces exige elegir el camino menos perjudicial y asumir con serenidad el peso moral de esa decisión. Quien espera escenarios perfectos suele descubrir demasiado tarde que la inacción también tiene consecuencias.
Nuestra época parece olvidar esa verdad. Con frecuencia se juzga a los dirigentes como si siempre dispusieran de alternativas impecables, cuando la realidad suele colocarles frente a dilemas donde cualquier decisión implica pérdidas. La diferencia entre un buen líder o comandante y uno mediocre no radica en evitar todo daño, sino en impedir que el daño sea irreversible.
También es una enseñanza sobre la prudencia. Ulises no confundió valentía con temeridad. Comprendió que desafiar a Caribdis para intentar salvar a todos equivalía, en realidad, a condenarlos. Hay ocasiones en que el deseo de alcanzar la perfección termina produciendo la peor de las derrotas.
De ese episodio nació una expresión que aún utilizamos algunos: encontrarse “entre Escila y Caribdis”, o, como diríamos hoy, “entre la espada y la pared”. Es la situación en la que cualquier salida entraña sacrificios y donde la verdadera inteligencia consiste en distinguir cuál preserva el bien mayor.
Las sociedades modernas también navegan por estrechos semejantes. Las crisis económicas, los conflictos internacionales, las decisiones judiciales, la seguridad ciudadana o la administración pública rara vez ofrecen respuestas absolutas. Quien dirige debe tener el coraje de escoger el menor de los males cuando no existe un bien completo al alcance.
La Odisea que escribió Homero nos recuerda que la grandeza de un líder no consiste en evitar todos los riesgos, sino en conducir a los suyos a puerto cuando el mar obliga a atravesar peligros inevitables. Ese fue el verdadero triunfo de Ulises: comprender que, en determinados momentos, la mejor decisión no es la perfecta, sino la que permite que el mayor número posible llegue con vida al destino.
Hoy, en esta democracia veleidosa, no olvidemos al elegir que también está en juego la paz que ha servido de oxígeno al desarrollo. Los errores, las injusticias y la falta de oportunidades provocan un descontento legítimo, pero no deben hacernos perder de vista los grandes objetivos nacionales.
Cambiar el rumbo es necesario cuando las cosas no marchan bien; saber en manos de quién ponemos el timón de la República es indispensable, porque no todo el que promete un puerto seguro sabe conducir la nave.Pensémoslo bien.


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