El saludo de los grandes
Por
Homero Luis Lajara Solá
La mar suele reunir, sin previo aviso, embarcaciones que pertenecen a épocas distintas. Algunas veces esos encuentros se pierden en la rutina de una guardia; otros quedan navegando en la memoria mucho después de que sus protagonistas han sido desguazados o convertidos en historia.
El 12 de julio de 1962, el portaaviones estadounidense USS Independence cruzaba el Mediterráneo. Era uno de los grandes símbolos del poder naval de su tiempo: cubierta de vuelo, reactores de combate, radares y miles de hombres al servicio de una formidable maquinaria de guerra.
En medio de la navegación apareció un velero de tres palos avanzando con todo su aparejo desplegado. Desde el portaaviones preguntaron por señales:
—¿Quiénes sois?
La respuesta fue breve:
—Buque escuela Amerigo Vespucci. Marina italiana.
Poco después llegó otro destello desde el Independence:
—Sois el barco más bello del mundo.
Quizá solamente un marino podía enviar aquel mensaje. Desde tierra, muchos habrían visto un buque antiguo, lento y sin utilidad frente a un portaaviones. En la mar se mira de otra manera. Detrás de aquellas velas había generaciones de guardias, maniobras, temporales y jóvenes cadetes aprendiendo que el océano no admite descuidos.
El cumplido también retrató a quien lo hizo. El verdadero poder no necesita burlarse de lo antiguo ni exhibirse a cada instante. Aquel portaaviones tenía suficiente fuerza para imponer respeto; por eso pudo detenerse a reconocer la hermosura de otro buque.
El Amerigo Vespucci no navega como pieza de museo. En sus cubiertas se enseña a gobernar atendiendo al viento, cazar una vela, tomar un rizo, cumplir una guardia y convivir durante meses bajo una disciplina que no concede privilegios. Allí el futuro oficial comprende algo elemental: antes de mandar una nave debe aprender a obedecer a la mar.
Sesenta años después, en 2022, el portaaviones USS George H. W. Bush volvió a encontrarse con el veterano velero italiano. El mensaje de entonces añadió apenas una palabra:
—Después de sesenta años, seguís siendo el barco más bello del mundo.
Ese “seguís” encerraba el reconocimiento de que no todo lo nuevo consigue desplazar a lo antiguo. Hay obras hechas para una temporada y otras capaces de atravesar los años sin perder su dignidad.
Para la República Dominicana, nación rodeada por el mar y con frecuencia olvidada de él, la historia tiene un significado particular. Nuestro buque escuela Juan Bautista Cambiaso tampoco debe verse como un velero reservado para ceremonias, sin que se pierda su esencia militar. Es una academia en movimiento, un embajador que lleva la bandera dominicana a otros puertos y una escuela donde la juventud naval aprende que la tradición no consiste en conservar cenizas, sino en mantener encendida una llama.
Aquella tarde, el Independence continuó su derrota y el Amerigo Vespucci siguió la suya. Los dos desaparecieron finalmente en el horizonte. El saludo, en cambio, todavía navega.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario