Nobleza militar
Por
Homero Luis Lajara Solá
“En el espíritu humano anida la capacidad de hacer fecundo lo más yermo”
—Byung-Chul Han—
Filósofo norcoreano
Cada generación de militares se sostiene sobre el esfuerzo y el sacrificio de quienes la precedieron. Olvidar este principio sería quebrantar el espíritu de cuerpo que otorga sentido a la carrera de las armas.
La verdadera grandeza de un soldado de tierra, mar o aire no se mide por el rango ni por las posiciones que ha ostentado, sino por la firmeza con la que ha honrado esos valores durante su trayectoria.
En 1991, el contralmirante (retirado) de dos estrellas Luis Homero Lajara Burgos, pasado comandante general de la Armada RD, vivió una situación en la que se destacaronestos principios.
Su estado de salud requería tratamiento médico especializado y debía viajar a Nueva York para una cita médica urgente. Al llegar al mostrador de la Compañía Dominicana de Aviación (CDA), le informaron que el vuelo estaba sobrevendido.
A pesar de la urgencia del caso, la inflexibilidad de los procedimientos administrativos amenazaba con frustrar su imprescindible viaje al hospital estadounidense.
El mayor general piloto —en honroso retiro— Miguel Ángel Restituyo, FARD, quien continuaba trabajando tras ocupar las posiciones más elevadas en su institución, era el comandante designado para ese vuelo. En tal calidad, se enteró de la sobreventa de asientos y de la inflexibilidad de la empresa ante la urgencia médica de un compañero de armas en situación pasiva.
Alarmado por la gravedad del caso, se acercó al almirante y lo saludó con el respeto que merecían su grado emérito y su trayectoria. A continuación, luchó denodadamente para doblegar la terquedad administrativa.
Sin duda, el prestigio del general Restituyo, tanto en la FARD como en la CDA, sin necesidad de un uniforme militar, incidió para que reconsideraran el caso y asignaran un asiento que había quedado libre en primera clase a fin de que el veterano enfermo pudiera recibir la atención médica a tiempo en Nueva York.
A pesar de encontrarse en funciones fuera de la estructura de las Fuerzas Armadas, el general Restituyo no había perdido la esencia de su formación militar.
Su reacción fue la de un soldado del aire que entendía que el respeto y el apoyo hacia quienes los antecedieron no sólo se aplican a los que ocupan posiciones de mando o con influencias políticas, sino que dicha actitud constituye una obligación moral constante.
La disciplina no puede ser selectiva, la gratitud no debe diluirse y la solidaridad no puede desaparecer ante la conveniencia aparente.
Las Fuerzas Armadas son una comunidad de hombres y mujeres unidos por el deber. Cada militar que hoy goza de estabilidad, lo hace porque otros construyeron el pozo del cual ahora bebe agua limpia.
El ejemplo del general Restituyo debe servir de referencia para las nuevas generaciones de militares. Su proceder con mi progenitor me dejó una enseñanza imborrable sobre el verdadero significado del espíritu de cuerpo.
Ese legado es el que trasciende con el tiempo y se convierte en una brújula magnética para los uniformados, guiándolos por el camino de la luz con acciones que inspiran respeto, no solo entre sus miembros, sino ante la sociedad que observa y admira esos gestos de grandeza.
El almirante Lajara Burgos partió en la barca de Caronte en 1994, producto de complicaciones de esa dolencia y el mayor general Restituyo —que llegó a comandante general de la Fuerza Aérea (1984-1986)— también partió al vuelo eterno de la paz años después, pero dejando esa traza en los aires del deber que hoy me inspira a honrar su nobleza con un homólogo en el mar en apuros, mi honorable padre.


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