No todo velero es un bergantín
Por: Homero Luis Lajara Solá
Hace unos días escuché llamar “bergantín” a un velero que, en realidad, no lo era. El error es frecuente y no tiene nada de extraño. Desde tierra, muchos barcos de vela parecen iguales. Sin embargo, para un marino ocurre lo mismo que para un médico con una radiografía o para un piloto con un avión: pequeños detalles cambian por completo la clasificación.
La diferencia no comienza por el tamaño del barco ni por la cantidad de mástiles. Lo primero que observa un hombre de mar es cómo están colocadas las velas.
El bergantín lleva, por regla general, dos mástiles con predominio de las llamadas velas cuadras. Son las que cuelgan de unas piezas horizontales conocidas como vergas. Si se observan de frente, parecen grandes cortinas desplegadas para recibir el viento que llega desde la popa. Durante siglos fueron las grandes impulsoras de los viajes oceánicos.
La goleta responde a otra idea. Sus velas no cruzan el barco de banda a banda, sino que van colocadas de proa a popa, siguiendo la línea del casco. Son las conocidas velas de cuchillo. Con ellas el barco maniobra con mayor facilidad, necesita menos tripulación y puede aprovechar mejor el viento cuando este cambia de dirección.
Como ocurre muchas veces en la ingeniería, alguien decidió reunir las ventajas de ambos sistemas. Así nació el bergantín-goleta. Conserva las velas cuadras en el mástil de proa para ganar potencia con viento favorable y utiliza velas de cuchillo en los demás mástiles para obtener una navegación más flexible y un mejor control del buque.
Esa combinación explica por qué algunos veleros no pueden llamarse simplemente bergantines ni tampoco goletas. Son una categoría propia.
El buque escuela de la Armada de República Dominicana pertenece precisamente a esa familia. Su clasificación correcta es bergantín-goleta, porque así lo determina su aparejo y no su apariencia.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. La tradición naval siempre ha sido muy rigurosa con los nombres. Detrás de cada término hay siglos de experiencia acumulada por marinos que aprendieron a leer el viento, las corrientes y el comportamiento de cada
embarcación.
En la vida naval, como en tantas otras profesiones, emplear el nombre correcto demuestra respeto por el oficio. Y el respeto por los detalles casi siempre termina siendo una muestra de respeto por la historia.


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