Las credenciales auténticas del liderazgo
Por
Homero Luis Lajara Solá
Hay gestos que ningún protocolo puede impedir.
Durante la reciente ceremonia de toma de posesión de la presidenta de Perú, Keiko Fujimori, ocurrió una escena que probablemente será recordada más que muchos discursos. El recién juramentado ministro del Interior, general retirado César Astudillo Salcedo, dejó el lugar reservado para las altas autoridades y se incorporó a la formación de los comandos de Chavín de Huántar.
No lo hizo como ministro.
Marchó como uno de ellos.
La imagen tiene una explicación que los más jóvenes quizá desconocen. El 22 de abril de 1997, cuando el presidente del Perú era Alberto Fujimori, padre de la actual mandataria, un grupo de comandos del Ejército puso fin a los 126 días de secuestro de 72 rehenes retenidos por el movimiento revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en la residencia del embajador del Japón. Aquella misión, conocida como Operación Chavín de Huántar, continúa siendo estudiada por su planificación, disciplina y ejecución.
Entre aquellos oficiales estaba un mayor del Ejército llamado César Astudillo. Ese día no pensaba en ministerios ni en reconocimientos. Su única preocupación era cumplir la misión y regresar con vida.
Veintinueve años después, la historia pareció cerrar un círculo. La hija del presidente que había ordenado aquella operación, investida con la autoridad presidencial, lo llamó para dirigir el Ministerio del Interior. Sin embargo, la mejor presentación de Astudillo no fue el decreto de su nombramiento. Fue el gesto de abandonar el sitio de honor para volver a formar con los hombres junto a quienes compartió el mayor desafío de su carrera.
Los cargos cambian. Los gobiernos pasan. Las verdaderas credenciales del liderazgo permanecen. Se ganan mucho antes de llegar al poder, cuando el deber exige más que palabras y el compromiso se demuestra con hechos.
Ese tipo de liderazgo no necesita presentación. Basta una fotografía para contar toda la historia.


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