La disciplina en tiempos de algoritmos
Por
Homero Luis Lajara Solá
En ediciones pasadas de este año, el diario El País de España, publicó una reveladora entrevista del periodista Manuel Jabois al historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de Sapiens, Homo Deus y Nexus. Aunque la conversación giró alrededor de la inteligencia artificial, muchas de sus advertencias también deberían ser motivo de reflexión para las instituciones militares del siglo XXI.
Las Fuerzas Armadas siempre deben evolucionar con la tecnología. Pasaron del caballo al tanque, del telégrafo al satélite y de las cartas de navegación al combate en el ciberespacio. Sin embargo, la mayor transformación que enfrentan hoy no proviene de un nuevo armamento, sino del impacto que ejercen la inteligencia artificial y las redes sociales sobre el comportamiento humano.
Harari advierte que durante años los algoritmos buscaban captar nuestra atención, pero ahora procuran ganar nuestra confianza y nuestro afecto. Es decir, ya no solo compiten por el tiempo que pasamos frente a una pantalla, sino por influir en nuestras emociones y, finalmente, en nuestras decisiones.
Ese fenómeno tiene implicaciones muy serias para la profesión militar. El soldado, el marino o el aviador reciben un arma después de un largo proceso de formación en disciplina, ética, obediencia y autocontrol.
Sin embargo, hoy cualquier miembro de una institución armada puede portar simultáneamente otra herramienta de enorme poder: un teléfono inteligente conectado permanentemente a redes sociales donde abundan la desinformación, la manipulación, la exposición innecesaria y la búsqueda de protagonismo.
El uso desproporcionado e inadecuado de esas plataformas puede afectar la seguridad operacional, la disciplina, la imagen institucional e incluso convertirse en una valiosa fuente de inteligencia para organizaciones criminales o actores extranjeros. Basta una fotografía, una ubicación compartida o un comentario impulsivo para comprometer una operación o poner en riesgo vidas humanas.
Por esa razón, la formación militar de hoy no puede limitarse a enseñar táctica, estrategia o empleo de nuevas tecnologías. Debe incorporar una sólida educación digital que explique cómo funcionan los algoritmos, cómo identificar campañas de manipulación, cómo proteger la información sensible y cómo ejercer un liderazgo responsable en los entornos virtuales.
Pero la educación, por sí sola, no basta. Los líderes verdaderamente visionarios entienden que las grandes transformaciones deben traducirse en doctrina, reglamentos y normas jurídicas. Así ocurrió con la guerra electrónica o la ciberdefensa. La revolución digital exige actualizar reglamentos disciplinarios, protocolos de comunicación y, cuando sea necesario, adecuar las leyes para establecer responsabilidades claras.
No se trata de prohibir la tecnología ni de vivir con nostalgia del pasado. Se trata de reconocer que cada avance trae consigo nuevos riesgos que requieren nuevas respuestas institucionales. La disciplina militar siempre ha consistido en anticiparse a las amenazas antes de que produzcan daños irreparables.
La inteligencia artificial y las redes sociales ya forman parte del campo de batalla contemporáneo. Preparar a los hombres y mujeres de uniforme para desenvolverse con criterio, prudencia y responsabilidad en ese escenario será, probablemente, una de las misiones más importantes de los comandantes del siglo XXI. Porque las armas cambian, pero la esencia del liderazgo sigue siendo la misma: prever el futuro antes de que el futuro nos sorprenda.


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