Dónde están los fallos?
Por: Homero Luis Lajara Solá
La muerte de un joven durante una intervención policial constituye una tragedia que nunca debió ocurrir. Ninguna explicación mitigará el dolor de su familia. Ahora corresponde determinar qué falló para impedir que se repita una situación semejante.
Escribo desde la experiencia de haber servido durante décadas en instituciones militares y de seguridad. Participé en patrullajes urbanos, abordajes en el mar, allanamientos, labores de inteligencia, seguridad de procesos electorales y responsabilidades de mando. En todos esos escenarios confirmé que el uso de la fuerza exige mucho más que valor. Requiere preparación, disciplina, supervisión y buen juicio. Una decisión tomada en segundos puede preservar una vida o desencadenar una tragedia.
Por eso prefiero reflexionar antes que juzgar.
¿Cómo pudo terminar una intervención originada, aparentemente, por una infracción menor, con la pérdida de una vida? ¿Falló el entrenamiento? ¿La supervisión? ¿La conducción del servicio? ¿La aplicación de los protocolos? Las respuestas las darán la investigación y los tribunales, pero la sociedad exige que de ellas surjan las correcciones necesarias.
Este ha sido el gobierno que más recursos ha destinado a la seguridad ciudadana, ha impulsado una profunda reforma policial y ha contado con el apoyo de comisionados internacionales. ¿Por qué, tras seis años de esa novedosa implementación, ocurrió este hecho?
No planteo este interrogante para desacreditar el esfuerzo realizado ni a quienes han aportado conocimientos desde otros países. La cooperación internacional siempre será valiosa. Lo importante es determinar si esa doctrina ha logrado incorporarse plenamente a la realidad del servicio policial dominicano.
Cada nación posee una cultura institucional, una realidad social y desafíos propios. Por exitoso que haya sido un modelo en otro lugar, su eficacia dependerá de la adaptación a nuestra realidad. En el uso de la fuerza no basta con conocer los protocolos; hay que formar criterio. Ello se construye con entrenamiento, supervisión, evaluación del desempeño y mandos dando el ejemplo, enseñando y corrigiendo.
Sería injusto presentar este hecho como un problema del presente. Estas deficiencias vienen acumulándose desde hace muchos años y bajo distintos gobiernos. Por eso se emprendió una reforma que fue respaldada por la mayoría de la sociedad. Pero toda reforma debe evaluarse por sus resultados, porque las estadísticas pueden ser alentadoras, mientras que basta un solo procedimiento mal ejecutado para debilitar la confianza ciudadana.
La mayoría de los miembros de la Policía Nacional cumple su deber con honestidad y sacrificio. Son ellos los primeros interesados en pertenecer a una institución cada vez más profesional, mejor entrenada, mejor dirigida y gozando del respeto de la sociedad.
Cuando un procedimiento termina con la muerte de un ciudadano, nadie gana. Pierden la familia de la víctima, el agente involucrado, la institución y el Estado.
Ojalá que esta dolorosa experiencia impulse una revisión de lo que debe corregirse. Las reformas no concluyen cuando se anuncian y son tomadas a tiempo; lo hacen cuando sus resultados se reflejan en el comportamiento diario de cada servidor público que tiene la responsabilidad de proteger a la ciudadanía. Ese es el verdadero desafío.


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