miércoles, 22 de julio de 2026

A prueba de desalientos.



A prueba de desalientos.




Por: Homero Luis Lajara Solá

Mi padre solía repetirme una frase que, con los años, entendí que valía más que muchos libros: “Hay que ser siempre a prueba de desalientos.”
Cuando era joven la escuchaba como un consejo. Hoy la entiendo como una estrategia para vivir.
Vivimos en una época donde muchos abandonan demasiado pronto. Se rinden porque no los ascienden, porque un negocio fracasa, porque un proyecto no recibe aplausos o porque el teléfono deja de sonar. Confunden un revés con el final del camino.
Por eso me llamó la atención la historia del entrenador español Luis de la Fuente.
No por la Copa del Mundo que terminó levantando en este año frente al rey de España y el mundo, sino por los trece años anteriores. Nadie quería contratarlo.
Pasó meses sin trabajo. Muchos pensaron que ya era un técnico acabado. En un medio donde la fama dura lo que dura el último resultado, parecía condenado al olvido.
Pero él hizo algo que distingue a los hombres de carácter: no convirtió el desánimo en resignación.
Siguió preparándose cuando nadie lo observaba. Aceptó dirigir una selección juvenil cuando otros quizá la habrían considerado un retroceso. Comprendió que ninguna oportunidad es pequeña para quien tiene un gran propósito.
Y entonces ocurrió lo de siempre. Lo que el mundo llama suerte casi siempre es el encuentro entre la preparación y la perseverancia.
Mientras leía esa historia, no podía dejar de escuchar la voz de mi padre: “Hay que ser siempre a prueba de desalientos.”
Qué extraordinaria enseñanza. No dijo “a prueba de derrotas”, porque todos perdemos alguna vez. Dijo a prueba de desalientos, porque el verdadero enemigo no es el fracaso; es ese momento en que uno deja de creer en sí mismo.
He conocido personas brillantísimas que se rindieron demasiado temprano.
También he conocido hombres aparentemente comunes que llegaron muy lejos porque nunca aceptaron que un “no” fuera definitivo.
La vida siempre termina examinándonos. No nos pregunta cuántas veces caímos.
Nos pregunta cuántas veces nos levantamos.
Quizá hoy alguien lea estas líneas sintiendo que todas las puertas se cerraron. Si es así, recuerde que las puertas no tienen la última palabra. La última palabra la tiene la voluntad de seguir caminando hasta encontrar otra.
Porque quien resiste el desaliento ya ha ganado la batalla más importante.
Y esa victoria, como me enseñó mi padre hace muchos años, suele llegar mucho después de que los demás dejaron de creer… pero nunca después de que uno deja de creer en sí mismo.

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