¡Referente de Honor!
Por: Martin Orlando Almonte García
El General Manuel Antonio Lachapelle Suero estará por siempre en el sentimiento de quienes supimos valorar su verticalidad moral y al propio tiempo ponderar la vocación con la cual satisfizo en vida La funciones que el país puso en sus manos.
Yo que estuve bajo su mando durante muchos años jamás lo vi alejarse una sola pulgada del cumplimiento de su deber, porque, en efecto, fue firme en su condición de guardia, padre ejemplar y amigo sin dobleces, en razón, insisto, de que era consagración y acierto a la hora de mostrar a los demás el camino correcto del trabajo.
Y para ilustrar con un detalle sencillo la reciedumbre moral de este circunspecto militar, me permito recordar que el General Nival Seijas era un militar Balaguerista que fue puesto en retiro por el presidente Antonio Guzmán Fernández.
En ese momento el General Lachapelle era jefe del Cuerpo de Ayudantes Militares y, tal vez entendido por la suerte de su amigo se cuadró frente al presidente de la República y se permitó comunicarle al Jefe de Estado su amistad personal con Nival Seijas y con la del General Marcos Jorge Moreno.
Aquella muestra de lealtad personal habla muy bien de este hombre sereno y discreto que mostraba compasión con los adictos y era más que duro con los narcotraficantes.
Puedo asegurar que alguna vez el General Lachapelle Suero será ampliamente conocido en términos de su grandeza moral, cuya convicción se levanta por encima de los paradigmas de esta Nación que aprecia la virtud y el honor y bueno es decir en este momento que era sencillamente una especie de honestidad personalizada.
No exagero, porque este servidor lo miró con sus propios ojos: incorruptible, limpio y dispuesto por demás a evitar que la indolencia obstaculizara la justicia que originalmente generara su condición de Director General de la Dirección Nacional de Control de Drogas.
De momento, pienso que el país perdió a un excelente ejemplo de entrega a los institutos castrenses, al tiempo de que la Nación ganó para la historia a un impecable referente de honor ciudadano. ¡Así es!
Por: Homero Luis Lajara Solá
Ese testimonio publicado en 2016 por el abogado Martín Orlando Almonte García corrobora lo que muchos percibimos de cerca sobre la personalidad y la conducta pública del mayor general Manuel Antonio Lachapelle Suero, ERD.
Tuve el honor de servir bajo su mando en la Dirección Nacional de Control de Drogas (2001-2003) y puedo dar fe de su integridad moral a prueba de todo tipo de fuego corrupto, presiones, intrigas o componendas propias de determinadas coyunturas del poder.
Fue un centurión de carácter firme, vertical en sus decisiones y profundamente leal con quienes entendía que actuaban con honestidad y sentido del deber.
Pero más allá de su condición de militar disciplinado y severo cuando las circunstancias lo exigían, admiro y nunca olvidaré la responsabilidad y solidaridad humana que tuvo conmigo en uno de los momentos más incómodo de mi carrera.
Ese pundonoroso hombre de armas, cuya memoria veneraré siempre, cuando fui colocado en retiro el 12 de marzo de 2003, le manifestó al presidente de la República que se estaba cometiendo un error perjudicando a un hombre joven, capaz, responsable, leal y honesto.
En un ambiente donde muchas veces predominan los silencios convenientes, aquella actitud tuvo para mí un enorme valor moral y humano, sobre todo porque le devolvió la paz a mi madre, que tanto sufrió en esos tiempos por las injusticias que vivió, al igual que con mi padre, el vicealmirante Luis Homero Lajara Burgos.
Hay decisiones que el tiempo termina juzgando mejor que la pasión del momento. Seis meses después de haberme colocado en retiro, el presidente rectificó su decisión y me reintegró a las Fuerzas Armadas, al comprobarse que esa injusticia —transitoria— había sido motivada por una intriga que carecía de sustento.
Aquella acción presidencial reivindicó mi honor militar y también reflejó la credibilidad y el peso moral que tenían hombres como el general Lachapelle Suero dentro de las estructuras del Estado y de las instituciones armadas.
Por eso, cuando hoy se leen testimonios como el publicado en esa reseña de 2016 titulada ¡Referente de honor!, no puedo más que corroborarlos plenamente. Porque quienes alguna vez estuvimos bajo su mando, sabemos que su principal rango no estaba en las insignias que llevaba con dignidad sobre sus hombros, sino en la autoridad moral que proyectaba con sus actos y que aún sigue gravitando en toda alma militar digna.


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