Por Milton Olivo
La noche había caído sobre la ciudad. Desde las majestuosas escalinatas del Faro a Colón se observaban las luces que iluminaban las avenidas, los barrios y los edificios de Costa del Faro. A lo lejos, en las cercanías de Alma Rosa, un grupo de compañeros de partido se había reunido después de una larga jornada de trabajo comunitario.
Los rostros no eran alegres. Algunos mostraban molestia, otros decepción. Todos compartían la misma inquietud.
—¿Valió la pena tanto esfuerzo? —preguntó Pedro—. Trabajamos durante años, ayudamos a ganar las elecciones y todavía seguimos esperando una oportunidad.
El silencio fue la respuesta general.
Fue entonces cuando habló Don Ernesto, un viejo dirigente comunitario que había dedicado su vida al servicio público.
—Comprendo lo que sienten —dijo con calma—. Pero déjenme hacerles una pregunta: ¿para qué existe la política?
Nadie respondió.
—¿Para repartir empleos o para transformar la sociedad?
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
—Si la política solo sirve para repartir empleos, entonces estamos pensando demasiado pequeño.
Don Ernesto señaló la ciudad iluminada.
—Miren todo lo que aún falta: barrios que necesitan oportunidades, jóvenes que requieren formación, emprendedores que buscan apoyo, ríos y cañadas que esperan ser rescatados, espacios públicos que necesitan vida y familias que esperan esperanza.
Uno de los jóvenes intervino:
—Pero la gente también necesita trabajar.
—Por supuesto —respondió el anciano—. Pero, la verdad es, que ningún gobierno puede emplear a todos. Ninguna nación desarrollada se construyó llenando al Estado de nóminas. Los países progresan cuando crean riqueza, empresas, industrias y convierten sus problemas en oportunidades.
El grupo comenzó a escuchar con más atención.
—Durante años nos enseñaron a esperar soluciones desde arriba. Tal vez ha llegado el momento de convertirnos en constructores de soluciones.
Sacó entonces una pequeña semilla de su bolsillo.
—¿Saben qué es esto?
—Una semilla.
—Exactamente. Todo lo grande comienza siendo pequeño.
La levantó hacia la luz de la ciudad.
—Una escuela fue una idea. Una empresa fue una idea. Una ciudad fue una idea. Y nuestra República también nació como una idea de hombres que se negaron a aceptar un destino impuesto.
El viento movió los árboles que daban sombra y belleza a nuestras calles desde las aceras.
—Los fundadores de nuestra nación no soñaron con empleos. Soñaron con una patria. No lucharon por beneficios personales, sino por las generaciones que aún no habían nacido.
Don Ernesto hizo una pausa.
—La verdadera pregunta no es qué puede hacer el gobierno por nosotros. Es qué podemos construir nosotros junto al gobierno para transformar nuestra comunidad.
Las palabras comenzaron a cambiar el ambiente.
—Imaginen barrios con empresas de reciclaje. Centros de artesanía que transformen desechos urbanos en productos útiles. Jóvenes con formación tecnológica creando sus propios proyectos. Iniciativas agroindustriales conectadas a la producción local. Rutas turísticas que saturan los barrios de turistas y llevan el bienestar a los emprendedores, cooperativas locales donde los vecinos ahorran, y que apoyan con préstamos a los emprendedores, y programas de innovación comunitaria.
Sus ojos brillaban al hablar.
—Imaginen una ciudad donde la gente no espere oportunidades, sino que las cree.
La conversación cambió de rumbo. Ya no giraba en torno a empleos, sino a posibilidades.
—Pero para eso necesitamos buenos gobiernos —dijo alguien.
—Y ciudadanos comprometidos —respondió Don Ernesto.
Luego añadió:
—Estamos construyendo una cultura donde los recursos públicos pertenecen al pueblo, no a los gobernantes. Una sociedad progresa cuando la honestidad deja de ser excepción y se convierte en norma.
Todos asintieron.
—La corrupción roba mucho más que dinero. Roba escuelas, hospitales, futuro y esperanza. Por eso la transparencia y la justicia deben defenderse sin importar quién sea afectado.
La noche siguió avanzando. Las luces de la ciudad permanecían firmes a lo lejos.
Don Ernesto señaló el horizonte.
—Miren la ciudad.
Todos observaron.
—Dentro de veinte años nadie recordará quién ocupó un cargo o quién recibió un nombramiento. Pero sí recordarán quién ayudó a construir una comunidad más limpia, más productiva, más segura y más humana.
Aquellas palabras tocaron a todos profundamente. Comprendieron que la grandeza no está en la posición que se ocupa, sino en la huella que se deja. Esa noche regresaron distintos a sus hogares.
Posteriormente, algunos iniciaron proyectos comunitarios. Otros impulsaron programas de capacitación. Otros desarrollaron iniciativas ambientales convirtiéndose en empresarios del reciclaje, otros crearon mipymes tecnológicas, culturales y productivas.
Con el tiempo, los barrios comenzaron a transformarse. Surgieron emprendedores, los jóvenes encontraron oportunidades y los espacios abandonados se convirtieron en centros de actividad. Donde antes había frustración, comenzó a florecer la esperanza.
Años después, ya anciano, Don Ernesto volvió a contemplar la ciudad desde las escalinatas del Faro a Colón.
Sonrió. Entendió que las verdaderas transformaciones no nacen de la queja, sino de la visión. Porque los pueblos no avanzan cuando esperan soluciones. Avanzan cuando ciudadanos comunes deciden convertirse en constructores del mañana.
Y mientras observaba el cielo azul de su patria, comprendió que el mayor legado no es un cargo, ni una fortuna, ni un privilegio. Es la convicción de que siempre es posible construir un futuro mejor.
Porque las naciones más grandes no son las que tienen más recursos, sino las que tienen más personas dispuestas a servir, crear y soñar juntas.
Y esa noche, la ciudad parecía recordarle que el futuro pertenece a quienes se atreven a construirlo.
*El autor es escritor, dirigente político y articulador de propuestas de desarrollo estratégico. Su visión integra producción nacional, tecnología, seguridad y economía circular como ejes para una República Dominicana más fuerte, independiente y soberana; una Quisqueya potencia.
Milton Olivo
W +1-809-406-6681
SANTO DOMINGO, R.D.
Antes de imprimir este mensaje piense bien si es necesario hacerlo: El medio ambiente es cosa de todos.

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