El país como escenario
Por
Homero Luis Lajara Solá
“Dedicado a los que creen en el arte y la cultura como brújula de los pueblos”.
En el 3º aniversario de la partida física de doña Monina Solá, mi sagrada madre y primerísima actriz dominicana, es inevitable preguntarse qué estaría pensando hoy al observar el escenario del arte y la cultura nacional.
Dama de tablas, de disciplina, de respeto sagrado por el texto y por el público, sabía que toda función es un pacto: el actor ofrece verdad y el espectador ofrece atención. Sin ese pacto, no hay teatro; hay ruido.
Mientras tanto, espectáculos, estridentes y fugaces, ocupan titulares, redes y concentraciones masivas. No porque algunos no carezcan de valor como expresión cultural, sino porque responden mejor a la lógica de la inmediatez, del impacto sensorial y de la emoción colectiva instantánea.
El problema no es que existan esos escenarios; el problema es que parezcan haber desplazado casi por completo al escenario silencioso donde se forma el pensamiento.
Doña Monina Solá, actriz de teatro y profundamente humana, jamás habría despreciado la alegría ni la fiesta. Conocía bien el pulso del público y el valor del arte que nace del barrio, de la calle, de la experiencia cotidiana.
También sabía, por experiencia propia, lo duro que es sostener una carrera artística en un país con escaso respaldo institucional. Por eso habría seguido defendiendo, sin reservas, a los artistas dominicanos que luchan por vivir de su talento y por dignificar su oficio.
La cuestión no es elegir entre lo nuestro y lo universal, entre el gozo y la reflexión, sino aspirar a una sociedad capaz de sostener ambos sin que uno anule al otro.
En el teatro, ella lo sabía bien, el aplauso no puede preceder al parlamento. Primero viene el texto, luego la interpretación, y al final el reconocimiento. Cuando se invierte ese orden, el espectáculo se vacía de sentido. Algo parecido ocurre cuando una sociedad se acostumbra a reaccionar antes de comprender, a celebrar antes de pensar.
Cuando la cultura se trata como evento y no como proceso. Entonces el silencio necesario para escuchar se vuelve incómodo, y el ruido se convierte en norma.
Mi madre también habría advertido que una juventud formada solo en estímulos rápidos queda más expuesta a la manipulación, al impulso y al ruido como forma de expresión. Donde no se ejercita el pensamiento crítico, se empobrece el diálogo y se resiente la convivencia. No por falta de talento, sino por falta de entrenamiento cívico y emocional.
Desde su mirada de actriz y de ciudadana, la respuesta no estaría en censurar ni en moralizar, sino en ampliar el repertorio nacional. Llevar libros, teatro, historia y ciencia donde está la gente: a las escuelas, a los barrios, a los espacios públicos, a las instituciones y a los turistas. Convertir la palabra en experiencia viva, no en ceremonia ocasional para minorías ilustradas.
También habría insistido en que la cultura no puede depender solo de voluntades individuales ni de visitas ilustres. Requiere políticas sostenidas, medios responsables y una alianza real entre educación, arte y ciudadanía. La cultura no es adorno de la nación; es parte primordial de su estructura moral.
En este 93° aniversario de su natalicio, más que recordar a la primerísima actriz, conviene escuchar el mensaje que su vida y su oficio siguen enviando: los países, como las obras de teatro, no se sostienen solo con aplausos, sino con texto, ensayo y memoria.
Entre el ruido pasajero y el junco frágil que guarda la palabra y el arte, se juega también el tipo de sociedad que decidimos ser, con el país como escenario.


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