El Leño Pinto Digital
El cargo pasa
Por: Homero Luis Lajara Solá
El águila bicéfala coronada detrás del trono no nació como un símbolo decorativo. Fue creada para transmitir una idea simple y brutal: el poder nunca duerme y siempre tiene que mirar en varias direcciones al mismo tiempo.
Por eso tiene dos cabezas. Mientras una observa el pasado —las guerras, las traiciones, los errores y las lecciones de la historia— la otra vigila el futuro, porque los imperios que solo viven del recuerdo terminan cayendo.
Esa fue la obsesión de Bizancio, de Rusia y de otros grandes imperios que utilizaron ese símbolo: gobernar mirando simultáneamente hacia dos mundos.
El águila además está coronada. La corona no representa lujo; representa carga. Mandar pesa. Decidir pesa. El que ocupa un trono cree muchas veces que alcanzó la gloria, pero la historia demuestra que desde arriba también se cae más duro.
Basta recordar emperadores romanos asesinados por su propia guardia, zares derribados por revoluciones o monarcas que terminaron prisioneros de las mismas estructuras que creían controlar.
Por eso el águila se coloca detrás del trono y no delante. El símbolo parece decirle al gobernante:
“No te confundas. Tú eres pasajero. El poder, la institución y la historia estaban antes de ti y seguirán después.”
Ese concepto se ha perdido en el mundo moderno, donde muchos creen que el mando consiste en popularidad momentánea, exposición mediática o ruido en redes sociales. Los antiguos entendían otra cosa: gobernar era sostener el orden, preservar los símbolos y evitar que la sociedad descendiera al caos.
Los romanos lo sabían. También los grandes estrategas navales. Un barco en medio de una tormenta no puede navegar por aplausos. Necesita jerarquía, disciplina y una cadena de mando clara.
Cuando los símbolos se degradan, el mando comienza a romperse lentamente, casi siempre sin que nadie lo note al principio. Después llega la confusión, más tarde el desorden y finalmente la decadencia.
Por eso las civilizaciones serias cuidaban tanto los símbolos. Uniformes, tronos, banderas, coronas, protocolos y ceremonias no eran simple teatro. Eran recordatorios permanentes de que el poder debía estar sometido a algo superior: la historia, la tradición, la ley y el deber.
El águila bicéfala, silenciosa detrás del trono, siglos después sigue diciendo lo mismo:
“El hombre pasa. La responsabilidad permanece.”


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