La semana mayor
Por
Homero Luis Lajara Solá
La Semana Santa no nació como vacaciones ni como excusa para escapar a la playa. Su origen es mucho más sobrio, incluso incómodo para el espíritu moderno.
Surge de la memoria de los últimos días de Jesucristo: una entrada humilde, una cena de despedida, una traición, un juicio injusto y una muerte pública. Los primeros cristianos no celebraban; recordaban. Ayunaban, guardaban silencio, meditaban. Era un tiempo para mirarse por dentro, no para distraerse por fuera.
Con el paso de los siglos, la Iglesia organizó esos recuerdos en ritos, procesiones y símbolos. La tradición creció, se volvió visible, incluso hermosa. Llegó a América con los españoles y aquí echó raíces propias. Pero toda tradición corre el riesgo de vaciarse cuando se repite sin conciencia. Y eso, en buena medida, es lo que ha ocurrido.
Hoy, para muchos jóvenes y no tan jóvenes, la Semana Santa es sinónimo de carretera, música alta y playa. No hay nada de malo en descansar, pero algo se pierde cuando el ruido sustituye completamente al significado. Se olvida que esta semana habla de sacrificio, de injusticia, de lealtad y también de esperanza. No es una historia vieja: es un espejo bastante actual.
Tal vez no se trata de volver al pasado ni de imponer solemnidades. Se trata, más bien, de rescatar el sentido. Entender que detrás de los días libres hay una historia que ha marcado a millones de personas durante siglos. Y que, aun en medio del mundo acelerado de hoy, detenerse un momento —aunque sea breve— puede decir más que cualquier fiesta.
Porque al final, lo importante no es cómo se vive la Semana Santa hacia afuera, sino lo que deja por dentro.


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