El Leño Pinto Digital
Por: Homero Luis Lajara Solá
La mayor prueba de un uniformado no está en lo que proclama ni en su habilidad para influir en el relato que luego aspira a convertirse en historia, sino en la coherencia entre lo dicho y lo hecho. Ahí se mide el carácter. Porque el discurso puede elaborarse; la conducta, en cambio, queda.
Ahora bien, la clave no es pretender mostrarse perfecto. Ningún hombre lo es. Los clásicos nunca exigieron eso. Marco Aurelio se recordaba a sí mismo, cada mañana, que bastaba con hacer lo correcto ese día. Aristóteles lo dejó claro: la virtud no es un estado ideal, es una práctica sostenida.
En la vida militar, esto tiene consecuencias directas. El que intenta parecer infalible termina perdiendo credibilidad. En cambio, el que mantiene una línea de conducta clara —con errores incluidos, pero sin dobleces— construye respeto. La autoridad no nace de la perfección, sino de la consistencia.
Epicteto advertía que el hombre no es lo que dice, sino lo que hace de forma repetida. Esa repetición, silenciosa y constante, es la que va dejando huella. Y esa huella, más que cualquier discurso, es la referencia real para quienes observan y aprenden.
Al final, no se trata de parecer, sino de sostener una conducta que resista el tiempo. Porque la reputación puede construirse hacia afuera; la conciencia, no. Y es ahí donde, tarde o temprano, todo queda en evidencia.


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