La autoridad
Por
Homero Luis Lajara Solá
En toda sociedad organizada, el principio de autoridad no descansa únicamente en la fuerza, sino en la legitimidad con que esta se ejerce. Thomas Hobbes lo advirtió con claridad: sin una autoridad reconocida, la convivencia deriva en incertidumbre y conflicto. Pero ese poder no puede sostenerse solo en la imposición; necesita un equilibrio entre firmeza y justicia que preserve el contrato social.
La historia universal es insistente en esa lección. Max Weber explicó que el Estado moderno reclama el monopolio de la fuerza, pero condicionado a su carácter legítimo. Ahí reside el punto crítico: cuando la autoridad se excede, pierde respeto; cuando el ciudadano desconoce la ley, debilita el orden. En ambos extremos, la sociedad se desliza hacia una zona de fricción permanente.
Para quienes han sido entrenados para enfrentar situaciones de orden público y disturbios civiles, el desafío es aún mayor. No bastan la preparación técnica ni la capacidad de respuesta. Se exige dominio de sí mismo, criterio en la decisión y templanza bajo presión. En el momento crítico, la diferencia no la marca la fuerza, sino el carácter.
Actuar con firmeza sin caer en la provocación es lo que distingue al profesional del improvisado.
En el escenario actual, marcado por la exposición constante de las redes sociales, cada acción se amplifica. Ya no hay espacio para la reacción impulsiva. La autoridad no solo actúa: representa. Y en esa representación se juega la confianza de la sociedad.
La solución no está en endurecer la mano, sino en elevar la conducta. Disciplina, respeto mutuo y apego estricto a la ley son los verdaderos instrumentos del orden. El ciudadano debe entender sus límites; la autoridad, su responsabilidad.
Porque al final, la autoridad verdadera no se impone por temor. Se sostiene en el respeto que nace de la justicia, del ejemplo y de un carácter firme bajo el imperio de la ley.


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