Cuando no hay premio
Por
Homero Luis Lajara Solá
Platón recoge en La República una conversación entre Sócrates y Glaucón —su hermano— que va directo al hueso. Glaucón no teoriza: plantea un caso. Un hombre hace todo mal, pero sabe parecer correcto y recibe respeto. Otro hace lo correcto, pero es visto como culpable y termina pagando. Y pregunta: si eso fuera así, ¿para qué sirve ser justo?
La pregunta no es vieja. Es diaria.
Aquí se ve con facilidad quién maneja la forma y quién sostiene el fondo. Hay gente que ha entendido el juego: ubicarse, decir lo preciso, estar cerca del poder. No necesariamente hacen lo que corresponde, pero saben cómo lucir. Y les funciona.
Del otro lado están los que cumplen sin ruido. Los que no cambian de posición según el ambiente. Esos casi nunca se destacan. No porque no valgan, sino porque no juegan a lo mismo.
El problema es cuando eso se vuelve normal.
Cuando en una institución el rango deja de ser conducta y pasa a ser acceso, algo se torció. Cuando el respeto depende de a quién se le abre la puerta y no de cómo se actúa, el daño ya está hecho. Después vienen los discursos, pero la grieta queda.
Sócrates, en ese mismo diálogo, no ofrece alivio. Dice, en esencia, que la justicia no es para ganar cosas, sino para no perderse uno. Orden personal. Coherencia. Saber dónde se está parado, aunque no haya nadie mirando.
Eso no luce, pero sostiene.
Porque actuar bien cuando conviene no tiene mérito.
El punto es hacerlo cuando no conviene.
Ahí no hay teoría. Hay carácter.
Y eso, al final, se nota más de lo que parece.


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