Pensamientos marineros
Por
Homero Luis Lajara Solá
En los viejos tangos del río de la Plata aparece una imagen de canción poderosa: La niebla del riachuelo, ese lugar donde los barcos quedan detenidos, como si el tiempo se hubiera anclado junto a ellos.
En la vida ocurre algo parecido. Hay momentos en que la navegación se vuelve incierta. La visibilidad se reduce, los vientos cambian y el horizonte desaparece detrás de una niebla espesa hecha de dudas, desorientación, quebranto o cansancio.
Muchos barcos, dice el tango, terminan quedándose en el muelle para siempre. Pero la verdadera tradición del mar enseña otra cosa.
El marino no navega solo cuando el cielo está despejado.Navega también en la niebla, guiado por su brújula interior, por la disciplina aprendida en la fragua de la cubierta, el cuarto de máquinas y por la esperanza de que más allá del banco gris siempre existe mar abierto.
Porque un buque no nace para quedarse en puerto. Nace para zarpar. Y así también los hombres: Pueden atravesar nieblas, tormentas y corrientes adversas… pero mientras mantengan firme el timón de sus valores, siempre habrá un rumbo posible hacia aguas más claras.


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