lunes, 2 de febrero de 2026

Quien mata a un periodista se entierra con él…






El Leño Pinto Digital



Quien mata a un periodista se entierra con él…




Por Salvador Holguín, diciendo lo que otros callan.

En la República Dominicana, la libertad de expresión se paga cara. No es una metáfora: es literal. Nuestro suelo ha visto caer a periodistas que, por ejercer el derecho a informar y denunciar, fueron víctimas de atentados o, en el peor de los casos, asesinatos.

¿A quiénes me refiero? A José Enrique Piera Puig, asesinado a tiros en 1970 tras realizar fuertes denuncias en su programa llamado “Puntos sobre las íes”, a Gregorio García Castro (Goyito), asesinado en 1973 por sus denuncias contra los abusos del régimen de Balaguer. A Orlando Martínez, ejecutado en 1975, una pluma incómoda para el poder. A Narciso González (Narcisazo), desaparecido en 1994, una voz crítica silenciada. A Juan Emilio Andújar Matos conductor del programa radial Encuentro Mil 60 y corresponsal del Listín Diario, asesinado en 2004 en Azua por denunciar el narcotráfico, en una emboscada después de salir de su programa. A José Silvestre, secuestrado y asesinado en 2011 tras denunciar redes criminales.  

A Blas Olivo, ultimado en 2015, un crimen que aún grita justicia. Al catedrático, abogado y periodista Yuniol Ramírez, secuestrado y asesinado en el 2017, su cadáver fue hallado días después en un arroyo de Manoguayabo, en Santo Domingo Oeste, con un tiro en la cabeza y encadenado en el cuello con candado y un block, tras denunciar casos de corrupción administrativa en la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA) bajo la dirección de Manuel Rivas.

No olvidemos a los colegas Alicia Ortega, Nuria Piera, Edith Febles, Marino Zapete, Priena Almonte y Jordi Veras de Santiago. No han sido asesinados, pero han sido atacados, difamados, amenazados y hostigados por atreverse a cuestionar, denunciar y revelar. Lo que les han hecho es un atentado moral y profesional. Y a mí, Salvador Holguín, también me han querido callar. Ser agredidos y sufrir amenazas de muerte es la cuota que pagamos por decir la verdad.

Esos nombres son testigos de que, en este país, la democracia no es gratuita. Se paga con valentía. Y algunos, con su vida. Lo digo claro, para que nadie lo olvide.

Atención presidente Luis Abinader Corona, líderes políticos, ex gobernantes dominicanos y autoridades del PRM, escuchen bien: cuando permiten o mandan a silenciar a un periodista, no solo destruyen una vida, están cavando la tumba de su propia credibilidad, legitimidad y memoria. Porque la historia no perdona a los verdugos de la verdad. Y cuando caiga el telón, será su nombre el que quede grabado en la infamia. Así que cuidado, porque matar la palabra es también sentenciar su propio final.

La historia nos recuerda que los gobiernos en los que han perseguido, desaparecido, torturado o matado periodistas, han terminado en el zafacón de la historia, cuestionados y señalados por ser gobernantes que terminan sus administraciones manchadas de sangre, ya sea por dar la orden, tomar la decisión, mostrar omisión o ejecutar el crimen, tal como aconteció con José Enrique Piera, Gregorio García Castro, Orlando Martínez y Narcisazo.

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