El relevo
Por
Homero Luis Lajara Solá
El relevo en el mando no es una concesión generacional ni un simple cumplimiento de calendario. En la tradición institucional y en la historia universal, siempre ha sido una decisión estratégica: asumir que el mando debe recaer en quien esté mejor preparado para leer su tiempo, no necesariamente en quien tenga más años ni en quien llegue primero.
Las grandes instituciones que perduraron lo entendieron temprano. Roma no sostuvo su poder solo por legiones, sino por la formación de cuadros capaces de asumir responsabilidades antes de que la crisis los alcanzara. Prusia, tras la derrota de 1806, comprendió que, sin preparación y mérito no había relevo posible, y reformó su sistema para que la capacidad prevaleciera sobre el privilegio. No fue juventud lo que buscó, fue la competencia profesional.
Ese es el espíritu que recoge una Ley Orgánica funcional: alternabilidad con preparación, continuidad con vigencia. El relevo funciona cuando la generación que sigue —sea más joven o no— ha sido formada con tiempo, criterio y experiencia operativa. Sin ese trabajo previo, cualquier transición se vuelve frágil y el mando termina llegando fuera de contexto.
La alternabilidad ordena la estructura; la preparación legitima la autoridad. Confundir edad con capacidad o antigüedad con idoneidad ha sido, históricamente, una de las causas más frecuentes de decadencia institucional.
Las amenazas contemporáneas no esperan procesos largos de adaptación. Ciberespacio, redes financieras y dinámicas transnacionales exigen conducción formada antes de asumir el mando, no después.
En defensa, como en la historia y en la mar, el relevo bien hecho no desplaza ni improvisa. Consolida. Y cuando se apoya en formación, mérito y visión, se convierte en una fuente de estabilidad y no en un riesgo.


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