Dogma y doctrina
Por
Homero Luis Lajara Solá
En tiempos de ruido y consignas rápidas conviene afinar el lenguaje. No es lo mismo dogma que doctrina, aunque a menudo se mezclen en la conversación pública.
El dogma es una afirmación que se declara cerrada. Se acepta sin discusión interna porque se considera verdad definitiva dentro de un sistema de creencias. Su función es fijar un límite: hasta aquí llega lo que se puede cuestionar. Más allá, se entra en terreno vedado. En lo religioso es comprensible; en lo institucional, cuando se abusa de esa lógica, se corre el riesgo de inmovilizar el pensamiento y bloquear la mejora.
La doctrina, en cambio, es un cuerpo de principios que orienta la acción. Tiene raíces, tradición y propósito, pero también admite revisión a la luz de la experiencia. En el ámbito militar, jurídico o académico, la doctrina se estudia, se entrena y se ajusta. No es una ocurrencia del momento, pero tampoco una piedra inamovible. Su fortaleza está en la coherencia y en la capacidad de adaptarse sin perder el rumbo.
Una institución madura sabe distinguir entre ambos planos. Si todo se vuelve dogma, se pierde la capacidad de corregir el rumbo. Si todo se relativiza y nada se sostiene como principio, se pierde la identidad. El equilibrio está en mantener doctrinas claras, enseñadas con rigor y revisadas con responsabilidad, sin convertirlas en verdades intocables por simple comodidad.
La historia enseña que las organizaciones que perduran no son las que repiten consignas, sino las que piensan con disciplina. El dogma clausura el debate; la doctrina lo ordena. Entre ambos conceptos se juega, muchas veces, la salud intelectual de una institución y la seriedad de sus decisiones.


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