Jutlandia: cuando no gana el que dispara más, sino el que piensa mejor
Por
Homero Luis Lajara Solá
La Batalla de Jutlandia (1916) no fue una victoria clara. Británicos y alemanes se proclamaron ganadores. Pero la historia, que no miente, dejó una lección dura y vigente.
Alemania tenía mejores barcos, mejor artillería y mejor entrenamiento táctico. Inglaterra tenía algo más importante: una estrategia nacional clara.
Los alemanes ganaron choques tácticos, hundieron más buques… pero perdieron el objetivo estratégico: romper el control del mar.
¿La razón? Confundieron bravura con propósito.
Salieron a combatir sin un fin político bien definido. Luchaban bien, pero no sabían para qué.
Inglaterra, en cambio, evitó riesgos innecesarios. Protegió lo esencial: las rutas marítimas, el comercio, el abastecimiento. No buscaba gloria, buscaba continuidad del Estado. Al final, Alemania regresó a puerto. Inglaterra siguió dominando el mar. Y eso decidió la guerra.
Un militar no está para lucirse, está para garantizar estabilidad. No gana el que hace más operativos, sino el que entiende qué debe proteger: fronteras, costas, puertos, rutas, soberanía e institucionalidad.
La defensa nacional no es reacción emocional ni espectáculo mediático. Es pensamiento frío, planificación y coherencia con el interés del Estado.
Jutlandia enseña algo incómodo pero vital: Puedes ganar batallas y perder el rumbo. Y un país pequeño, más que nadie, no puede darse ese lujo.
El mar no perdona la improvisación. La historia tampoco.


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