Carrera, integridad y orden
Por
Homero Luis Lajara Solá
Las Fuerzas Armadas se fortalecen cuando la carrera militar se conduce con rumbo claro, regida por la ley, la integridad personal, la antigüedad y una planificación responsable del mando. La historia universal demuestra que ninguna institución armada ha perdurado cuando permitió que el timón se moviera al vaivén de intereses pasajeros.
Tras la crisis de la República romana, las reformas militares de Cayo Mario establecieron una estructura profesional basada en disciplina, experiencia y méritos comprobados. Mientras esas reglas se respetaron, Roma mantuvo cohesión y eficacia. Cuando el ascenso pasó a depender de lealtades personales, la autoridad se fragmentó y el sistema comenzó a erosionarse desde dentro.
En el ámbito naval, la Marina británica del siglo XVIII comprendió que la supremacía no se sostenía con improvisación ni favoritismos. El Almirantazgo impuso una carrera ordenada, con formación técnica, mando efectivo y escalafones claros. Esa planificación permitió construir una oficialidad profesional capaz de sostener operaciones complejas durante generaciones.
De igual modo, tras la derrota prusiana de 1806, las reformas de Scharnhorst y Gneisenau eliminaron privilegios heredados y establecieron el ascenso por mérito y preparación. Aquella reorganización no buscó castigos ni revancha, sino restaurar la confianza interna y garantizar que el mando recayera en quienes estaban listos para ejercerlo.
Estos precedentes confirman una verdad permanente: el mando no se improvisa ni se multiplica sin orden. Respetar la Ley Orgánica no es un formalismo administrativo; es proteger la dignidad del militar, motivar a quienes se preparan con rigor y preservar la cohesión institucional.
En toda fuerza armada seria, mandar implica también saber relevar. Echarse a un lado, cuando corresponde, no es debilidad: es un acto de responsabilidad y compromiso con la continuidad, la disciplina y el honor de la institución.


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