viernes, 29 de agosto de 2025

El mando débil en navegación, es más peligroso que la mar embravecida




El Leño Pinto Digital


CÁPSULA NAVAL



Por Homero Luis Lajara Solá 


Las interioridades militares son tan sensibles como la mano del cirujano que, al penetrar el quirófano, empuña el bisturí con precisión y sin margen para el error. 

Así ocurre en la milicia: solo quien viste el uniforme y ha navegado las aguas del deber comprende la hondura de esa misión, tanto en la mar abierta como en la soledad del destacamento.

El marino que no ha sentido el amanecer  en el fondeadero de isla Beata o en punta Presidente, o que no ha amarrado su barco a barba de gato en Samaná, no entiende lo que significa esa “pasantía real” para el  joven oficial.

 Es allí,  surtos en las estaciones recónditas, donde la patria se custodia en silencio, donde se fragua el temple del futuro comandante. 

Solo quien ha pasado por esas singladuras entiende la trascendencia de volver a esas estaciones de servicio y acompañar con “la mano solidaria” a los que permanecen de guardia eterna en nombre de la nación.

La imagen del marino  solo  se cincela en la fragua del cuartel y a bordo de las unidades, bajo el tridente de Neptuno, donde la moral es la vela mayor que impulsa la nave institucional. 

La misión es clara: mantener la cadena firme, con eslabones que no vuelvan a quebrarse. 

Es una obligación natural que compromete por igual al almirante en el puente de mando y al grumete que recién iza su primera bandera.

No existen tiempos más duros que otros; cada época tiene sus propios temporales y desafíos. 

Lo que verdaderamente hiere a la nave no es la mar embravecida, sino el mando débil, aquel que se deja arrastrar por el ego, por la codicia o por otros intereses ajenos al rumbo trazado en la carta de navegación.

Que nunca se olvide: las Fuerzas Armadas no son un fin en sí mismas, sino el instrumento del Estado para salvaguardar la defensa nacional. Todo lo demás es simple deriva.

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