jueves, 12 de abril de 2012

Un nuevo amo se instala

La visión de un ciudadano haitiano de nuestro presidente Leonel Fernández Reyna y el país

Frantz Duval


 Haití. Lenta, seguramente y sin proponérselo, la República Dominicana se perfi la, entre sombras y rumores, como el nuevo amo del juego en Haití.
La historia de la isla báscula el 13 de enero de 2010, al día siguiente del terremoto que devastó la capital haitiana. Leonel Fernández, un estratega atento, es el primero en poder permitirse sobrevolar Puerto Príncipe en helicóptero. Se da cuenta de la extensión de los daños, comprende que el retraso que separa a las dos naciones que comparten la isla de la Hispaniola acaba de ahondarse drásticamente.
La distancia, en 35 segundos, se vuelve abismal. Se cifra, luego de la sacudida sísmica, en decenas de millares de dólares, en décadas de retraso, pero sobre todo en un inmenso vacío de liderazgo. De un lado, hay un país que sabe lo que quiere, del otro, dirigentes incapaces de saber lo que podrían querer.
Toda la debilidad de Haití está ahí. No hay élite. No hay un proyecto trascendente. En ningún sector. No hay motor. Reina la tracción animal. Nuestras pulsiones nos dirigen. En todo.
Fernández sabe también que la miseria de Haití será un fardo compartido. Entonces se decide a ofrecer a su país el fruto de las oportunidades que el terremoto no tardará en acarrear. El Leonel Fernández político, hombre de Estado y varias veces presidente, ha comprado desde hace años las mejores bibliotecas haitianas.
Habla francés, se ha impregnado del alma haitiana, mira a Haití con apetito, como se mira una presa jugosa. Él sabe que el tiempo de tender la mano a su amigo herido ha llegado.
Primer jefe de Estado en hacerlo, visita a un René Préval aún aturdido que lo recibe como a un Mesías. Cuando nadie aún había prometido ayuda concreta al jefe de Estado haitiano, el vecino enemigo, el amigo obligado, está ahí y propone auxiliarnos.
En un día, todas las barreras de la historia caen. La frontera se abre, nuestra desconfianza se evapora. Nuestro orgullo, por no dejarse seducir, cierra los ojos y se deja atrapar.
Seguirán la ayuda de urgencia, la primera reunión de donantes, la oferta de la universidad de Limonade, la organización de arreglos políticos para garantizar el futuro de unos y otros, los contratos reales.
La asombrosa rapidez de la apertura provoca pequeñas y grandes torpezas, pero la buena fe de los jefes de ambos lados de la isla no deja de una pieza solo a los ingenuos.
El cólera, nuestra incapacidad crónica de manejar cualquier cosa, el desgano de nuestros otros amigos de la comunidad internacional harán el resto.
Maravillados o hastiadamente resignados, los haitianos, cada uno en lo suyo, descubre la capacidad de los dominicanos, sector privado y sector público, de anticipar, invadir, invertir en cada parcela dejada como barbecho por la incompetencia o la indiferencia haitianas.
La campaña electoral no cambia nada del despliegue metódico de nuestros nuevos mejores amigos. Todo lo contrario. Los candidatos importantes son convocados, no invitados, con más frecuencia que nunca a la República vecina.
El presidente electo tiene un despacho en el palacio de su vecino, ironizamos, de tantos helicópteros del ejército y la presidencia dominicana que lo llevan al otro lado de la frontera, por un sí o un no, en los primeros días.
Las alianzas se sellan mientras millares de gourdes haitianos se cambian por productos y servicios dominicanos. Luego de que nuestra mano de obra ha abonado los campos, las obras y los hoteles de la parte este, es el ahorro haitiano el que sigue. Del 13 de enero de 2010 a hoy, Haití se ha convertido en el principal cliente de la República Dominicana. Y eso apenas comienza.
Mientras tengamos el dinero de la diáspora, los dólares de Petrocaribe, algunos subsidios de la comunidad internacional y ningún proyecto nacional, los dominicanos serán nuestros mejores proveedores de ideas y productos.
Nuestros hijos están en sus escuelas, sus productos en nuestros platos; nuestros políticos comen en sus pesebres, su presidente es nuestro portavoz en la escena internacional. De arriba abajo en la sociedad haitiana, un nuevo lazo de dependencia se instala.
Mañana, luego de que las compañías de construcción, los bancos, las agencias de seguridad, las sucursales de empresas dominicanas de toda clase vengan a seguir el camino abierto por las estilistas y las damas de pequeñas virtudes que tanto amamos. Un nuevo amo se instala en el hogar de nuestros padres, y lo dejamos hacer, diciéndonos que, en el fondo, este o aquel, ¿qué más da? El presidente Martelly condecorado con la orden de Duarte, la más alta distinción de la República Dominicana. ¡Qué bella recompensa por decirle a él que si René Préval había tomado una decisión forzada, gracias por continuar, con fervor, por la misma dirección! A través de nuestro presidente, todos los haitianos somos honrados. Somos los habitantes condecorados de un país que se desdibuja. Lenta, seguramente, y sin proponérselo.

El autor es jefe de redacción del periódico haitiano Le Nouvelliste, donde fue publicado el 30 de marzo.

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