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martes, 1 de septiembre de 2026

El puerto que no figuraba en la carta





El Leño Pinto Digital


El puerto que no figuraba en la carta

 





Por 

 

Homero Luis Lajara Solá

 

 

Hay personas que pasan la vida tratando de obligar al destino a concederles aquello que nunca figuró en su cuaderno de bitácora: un mando, la presidencia de una empresa, el control de una sociedad comercial o la supremacía en un negocio. En esa búsqueda suelen tomar partido en querellas ajenas, embarcarse con tripulaciones de ocasión y entrar en mares turbulentos que ninguna necesidad imponía.

 

Aspirar es legítimo. Sin ambición no se habrían levantado ciudades, fundado empresas ni cruzado océanos. El problema comienza cuando el deseo de llegar se convierte en obsesión y toda demora parece una injusticia. Entonces se pierde la lectura del compás, se confunde al competidor con el enemigo y se pretende alcanzar por la fuerza un puerto para el cual quizás nunca hubo calado suficiente.

 

Ulises tardó veinte años en regresar a Ítaca, pero no confundió cada isla con su destino. Supo resistir el canto de las sirenas y entendió que, para conservar el curso, a veces es necesario atarse al mástil de la prudencia. 

 

El capitán Ahab hizo lo contrario: convirtió una travesía comercial en una persecución personal y terminó arrastrando consigo a toda su tripulación. No lo venció únicamente la ballena blanca, sino su incapacidad de ordenar a tiempo un cambio de rumbo.

 

Esta conducta no pertenece exclusivamente a la política ni a la vida militar. También aparece en los consejos de administración, en las asociaciones profesionales, en las sociedades comerciales y hasta en los negocios más modestos. Donde existe una posición, una ganancia o una porción de poder, nunca faltan quienes alteran la convivencia para obtenerla. Se crean bandos, se levantan sospechas y antiguos compañeros comienzan a mirarse desde cubiertas opuestas.

 

La sabiduría popular lo resume con cierta crudeza: los mismos perros que pelean por un hueso, cuando no lo tienen, vuelven a jugar juntos. No hace falta llevar la comparación al agravio. Basta advertir que muchas enemistades presentadas como luchas de principios no son más que disputas por una recompensa. Desaparecido el hueso, cesa la batalla y los adversarios descubren que nunca estuvieron tan distantes.

 

También dice el refrán que al que nació para martillo, del cielo le caen los clavos. Quien convierte la confrontación en su manera habitual de abrirse paso siempre encontrará algo que golpear. 

 

La vida no niega todos los puertos; sencillamente, no todos nos corresponden. Hay dignidad en reconocer la propia derrota, en cumplir con honor la guardia asignada y en no provocar tempestades que pueden dañar la nave que se tripula en forma compartida. 

 

Al final, la verdadera medida del éxito no estará en la posición conquistada, sino en la estela que dejamos. Porque capear un temporal demuestra pericia, pero evitar aquel que era innecesario revela sabiduría.

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