La mística del uniforme
Por
Homero Luis Lajara Solá
Hay temas que por el nivel de escalamiento ameritan ser retomados, como es el caso de las redes sociales que han introducido una peligrosa distorsión en la cultura militar contemporánea.
Poco a poco, el silencio profesional, la prudencia y la sobriedad que durante décadas distinguieron el ejercicio de la carrera de las armas están siendo sustituidos por una exposición pública que, aunque parezca inofensiva, termina debilitando la esencia misma de las instituciones uniformadas.
Lo preocupante no es únicamente la presencia de militares en plataformas digitales, sino la progresiva pérdida de esa reserva que siempre caracterizó a quienes entendían que el liderazgo castrense se construía más en la discreción del servicio que en la necesidad de visibilidad.
Ese síndrome ya ha comenzado a calar desde los niveles más bajos hasta los grados más elevados. Y resulta todavía más delicado cuando algunos oficiales, alejados durante largos años de la fragua silenciosa del cuartel, regresan luego ocupando posiciones de mando dentro de la carrera militar y distorsionan sus funciones.
La historia universal ofrece lecciones severas sobre este fenómeno. Roma no levantó sus legiones únicamente por la fuerza de sus armas, sino por la severidad de su disciplina y el control absoluto de la conducta pública de sus oficiales.
El centurión romano comprendía que la autoridad comenzaba por el dominio de sí mismo. Cuando las legiones comenzaron a mezclarse con la política, la vanidad pública y las luchas de influencia, el deterioro institucional terminó filtrándose lentamente hasta afectar la cohesión del propio Imperio.
La subordinación al poder civil es innegociable en toda democracia seria. Pero también debe comprenderse que la ciencia y el arte militar poseen códigos, sacrificios y exigencias que no se improvisan ni se aprenden lejos del rigor cotidiano del cuartel.
El monitoreo disciplinario, la conducción de tropas, el ejercicio del mando bajo presión y la construcción del respeto institucional requieren años de convivencia real con la vida militar, no simples credenciales administrativas o cercanías circunstanciales con el poder político.
Las instituciones armadas sobreviven cuando conservan intacta su mística, su prudencia y su sentido de cuerpo. Cuando el ruido externo desplaza la serenidad profesional del cuartel, las debilidades comienzan a filtrarse lentamente, casi siempre sin que muchos lo adviertan… hasta que ya es demasiado tarde.


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