El verdadero navegante
Por
Homero Luis Lajara Solá
La ruta ortodrómica es la más corta. Es la distancia real entre dos puntos sobre la superficie de la Tierra, que es redonda. Por eso, en los mapas y cartas náuticas parece una curva. No es un capricho del dibujante: es la forma natural de cruzar una esfera de la manera más directa. Pero esa eficiencia tiene su exigencia. El rumbo no es fijo; hay que ir ajustándolo durante el viaje.
La ruta loxodrómica, en cambio, es la más sencilla. Mantiene un mismo rumbo todo el tiempo y en los mapas se dibuja como una línea recta. Es fácil de seguir y cómoda para quien gobierna el barco. Sin embargo, esa comodidad se paga: el recorrido es más largo.
El ejemplo es claro. Una ruta ahorra cientos de millas; la otra simplifica la conducción. Una exige atención constante; la otra permite rutina.
En la práctica moderna, con tecnología precisa, se prefiere la ruta más corta. El sistema corrige automáticamente y el buque avanza con eficiencia. Pero durante siglos, cuando la navegación dependía del pulso humano y de instrumentos limitados, muchos preferían la seguridad de un rumbo constante, aunque implicara más tiempo en el mar.
La lección trasciende la náutica.
En la vida, como en la mar, existen caminos que parecen rectos y fáciles, pero alargan la travesía. Otros exigen correcciones, disciplina y vigilancia permanente, pero conducen más directamente hacia el objetivo.
El buen navegante —y el buen líder— no escoge por comodidad, sino por propósito. Sabe que avanzar mejor casi siempre implica pensar más, corregir más y conformarse menos con lo sencillo.


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