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miércoles, 20 de mayo de 2026

Arrodillarse… ¡¡¡nunca!!!




El Leño Pinto Digital




Arrodillarse… ¡¡¡nunca!!!

 





Por

 

Homero Luis Lajara Solá 

 

 

Hay personas que pasan la vida persiguiendo fama, blasones y oropeles, creyendo que el brillo exterior puede sustituir la dignidad interior. Pero el tiempo, que termina siendo el juez más severo de todos, suele desnudar esas apariencias con una crudeza implacable.

 

Mi padre repetía una frase que nunca olvidé: “¿De qué valen la fama, los blasones y los oropeles cuando se es indigno y cuando se es servil?” Aquellas palabras, dichas con la serenidad de quien había conocido el poder, la gloria y también la adversidad, encierran una lección que trasciende generaciones.

 

La historia universal está llena de hombres cubiertos de medallas que terminaron siendo recordados con desprecio, mientras otros, sin grandes honores ni riquezas, permanecen vivos en la memoria colectiva. 

 

Porque la dignidad no se compra, no se hereda y tampoco puede decretarse. Es una construcción silenciosa hecha de principios, de límites morales y de la capacidad de mantenerse erguido aun en tiempos difíciles, recordando que la perfección humana no existe.

 

En el mundo militar esa verdad tiene todavía mayor profundidad. El uniforme puede llenarse de insignias, pero si el espíritu se doblega por conveniencia, miedo o servilismo, todo termina reducido a una simple apariencia. Los viejos hombres de armas entendían que el honor no consiste solamente en obedecer, sino también en conservar la conciencia limpia y el respeto por sí mismo.

 

Las sociedades suelen deslumbrarse con el poder momentáneo, con el ruido de los cargos y con el brillo de las ceremonias. Sin embargo, al final, los pueblos terminan admirando más a quienes conservan la decencia que a quienes acumulan privilegios vacíos. 

 

El tiempo suele barrer los aplausos pasajeros, pero conserva intacto el recuerdo de las personas íntegras.

 

Quizá por eso aquella frase sigue teniendo tanta vigencia. Porque en una época donde muchas veces se confunde éxito con sometimiento elegante, conviene recordar que ningún tulo vale más que la dignidad personal. Y que hay derrotas honrosas infinitamente más nobles que ciertos triunfos obtenidos arrodillándose.

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