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martes, 14 de abril de 2026

Defensa efectiva





El Leño Pinto Digital



Defensa efectiva  



Por 

 

Homero Luis Lajara Solá 

 

Bajo el catalejo constitucional e institucional, el debate sobre la permanencia prolongada de uniformados en funciones vinculadas a exmandatarios debe abordarse desde criterios objetivos, no emocionales. El punto no es desconocer servicios prestados, sino alinear la práctica con el ethos militar contemporáneo: profesionalización, actualización permanente y subordinación estricta al interés nacional.

 

En ese marco, resulta esencial reafirmar el respeto irrestricto a la Ley Orgánica militar, verdadera Biblia de la institucionalidad”, donde se consagran los principios de carrera, rotación, mando, disciplina y servicio. Toda práctica que se aparte de ese cuerpo normativo, por arraigada que esté, debe ser revisada a la luz de su coherencia con el orden jurídico vigente. La institucionalidad no puede sostenerse sobre excepciones prolongadas.

 

No se puede seguir afectando a los militares que, dentro de la dinámica del servicio, sostienen con rigor, disciplina y sacrificio la vida de cuartel. Son ellos quienes, en una auténtica meritocracia, deben ocupar las posiciones de dirección y mando, por encima de consideraciones ajenas al servicio o de vínculos personales heredados de ciclos políticos anteriores. La conducción militar no puede responder a afinidades, sino a méritos comprobables, preparación y vigencia profesional.

 

Las Fuerzas Armadas del siglo XXI operan en entornos dinámicos donde la doctrina, la tecnología y las amenazas evolucionan con rapidez. La experiencia histórica comparada demuestra que los ejércitos más eficaces preservan la neutralidad institucional y evitan la extensión de vínculos personales que interfieran con la cadena de mando o la cohesión interna. La lealtad es hacia la Constitución, la ley y el mando legítimamente constituido.

 

La permanencia extendida fuera del circuito operativo regular limita la actualización profesional. Un oficial que no participa de la vida de cuartel, de la instrucción continua ni de la evolución doctrinal, pierde contacto con los estándares vigentes de conducción y empleo de fuerzas. Esto no quita méritos a su trayectoria, pero sí reduce su adecuación al ciclo militar actual.

 

El ethos militar es, en esencia, lo que permite que un uniforme represente algo más que tela: representa historia, sacrificio y responsabilidad. Sin ethos, hay armas; con ethos, hay institución. Como señaló el reconocido neurocientífico Santiago Ramón y Cajal —descubridor de lo que hoy conocemos como neuronas—, el ser humano puede moldear su propio carácter. En el ámbito militar, ese molde se llama ethos, y su resultado es el verdadero guardián de la nación.

 

Por tanto, se impone un desmonte gradual, continuo y normativamente definido de las prácticas mencionadas al inicio. Gradual, para garantizar estabilidad; continuo, para evitar excepciones permanentes; y normativo, para asegurar transparencia y previsibilidad, siempre dentro del marco de la Ley Orgánica militar.

 

Fortalecer el ethos militar exige decisiones basadas en principios, no en afectos. La institucionalidad se robustece cuando sus reglas consagradas en su ley orgánica— son claras, impersonales y cumplidas sin excepciones, garantizando que el mérito, el rigor del servicio y la preparación profesional sean los únicos criterios para dirigir en función de la misión esencial: la defensa efectiva de la nación.

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