El Leño Pinto Digital
Fábula del ruiseñor y el bergantín de los espejos
Por: Homero Luis Lajara Solá
Cuentan viejos contramaestres —de esos que no escriben, pero recuerdan— que en un mar sin cartas náuticas apareció un bergantín de velas impecables y jarcia reluciente. Se hacía llamar El Amigo Fiel. Su capitán sonreía como faro en noche clara y ofrecía abrigo, ron y cubierta limpia a todo navegante solitario.
Por aquellas aguas surcaba también un ruiseñor marinero. No era ave de jaula sino de cofa: cantaba desde lo alto del palo mayor y su voz orientaba a su tripulación cuando la bruma cerraba el horizonte. Más de una vez su canto había evitado encallar en bajos traicioneros.
El capitán de El Amigo Fiel lo invitó a bordo.
—Aquí no hay tormentas —le dijo—. Canta libre. Te daremos alpiste fino y un puesto junto al timón.
Y fue verdad: cada mañana le llevaban granos escogidos en bandeja de plata. La tripulación aplaudía su canto y el capitán lo elogiaba ante todos. Pero en la bodega, lejos del sol, los artilleros calibraban sus mosquetes y el vigía afinaba la puntería. No apuntaban al enemigo; apuntaban a la cofa donde el ruiseñor solía posarse.
Un viejo maestre, curtido en abordajes y motines, notó que el alpiste se entregaba siempre antes de las guardias de combate. Y que cada elogio venía seguido de una orden en voz baja.
Una noche sin luna, el ruiseñor escuchó el sonido breve y seco del pedernal. Comprendió que el alpiste no era premio sino cebo; que el aplauso era medida de distancia; que la cubierta limpia ocultaba manchas antiguas.
Voló antes del disparo.
Desde entonces, en las tabernas del litoral, los marinos repiten en voz baja:
No todo barco que iza bandera de amistad navega con cartas náuticas limpias.
Y el alpiste gratis suele pagarse con pólvora.
Porque en mares de piratas, la confianza no se concede por sonrisa, sino por derrota compartida bajo temporal verdadero.


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