Institucionalidad y retiro
Por
Homero Luis Lajara Solá
En la víspera de los cambios militares y de las puestas en retiro que establece la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, resulta oportuno llamar a una reflexión serena y necesaria: las interioridades de la carrera militar no son materia para la gestión de terceros ajenos a la institución, por respetables que estos sean en la vida civil, política o empresarial.
La doctrina clásica de las relaciones cívico-militares —desde Clausewitz hasta Huntington— ha sido clara en un punto esencial: el poder civil dirige la política de defensa, pero la administración de la carrera, los ascensos y los retiros deben preservarse dentro de criterios profesionales, objetivos y previsibles. Esa separación es precisamente la que garantiza disciplina, cohesión y estabilidad institucional.
Cuando un oficial que ya ha cumplido el tiempo máximo que fija la ley, y que no ocupa funciones sensibles para la seguridad nacional, procura “padrinos” externos para retrasar lo inevitable, no solo compromete su propio legado, sino que envía una señal equivocada a las generaciones más jóvenes: que el mérito y la trayectoria pueden ser sustituidos por influencias extra-cuarteles.
La intervención civil en estos procesos internos equivale —guardando las proporciones— a que un familiar, movido por la angustia, intente participar con un bisturí en una cirugía acorazón abierto. La intención puede ser comprensible; el resultado, potencialmente dañino.
Mahan advertía que las instituciones fuertes se sostienen sobre reglas estables, no sobre excepciones negociadas. Y Sun Tzu recordaba que la disciplina es el alma de los ejércitos, incluso en tiempos de paz.
Febrero, como cada año, enviará un mensaje claro: o hemos avanzado hacia una carrera militar respetada, predecible y justa, o seguimos atrapados en prácticas que erosionan silenciosamente la confianza interna.
Retirarse con honor, en el momento que la ley dispone, no es una derrota. Es, muchas veces, la última forma de mando: el ejemplo.


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