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sábado, 17 de enero de 2026

El mando no se improvisa: una advertencia desde la historia





El Leño Pinto Digital



El mando no se improvisa: una advertencia desde la historia

 




Por 

 

Homero Luis Lajara Solá 

 

 

 

La historia universal es implacable con las instituciones que confunden modernidad con ligereza y visibilidad con autoridad. No lo dice la nostalgia ni el miedo al cambio; lo confirman siglos de experiencia acumulada en imperios, repúblicas y ejércitos que, en algún punto de su trayectoria, olvidaron una verdad esencial: el mando no se hereda por moda ni se adquiere por aplausos, se construye con carácter, conocimiento y tiempo.

 

Roma no cayó cuando perdió batallas, sino cuando comenzó a premiar la apariencia sobre la virtud. Tácito lo advirtió con crudeza: corrompidas las costumbres, las leyes ya no bastan”. El problema no fue la juventud de algunos emperadores, sino su vacío formativo, su dependencia de aduladores y su incapacidad para distinguir entre popularidad y legitimidad. La historia se repite cuando el liderazgo se vuelve espectáculo.

 

En el siglo XX, el general Marshall arquitecto silencioso de la victoria aliada— desconfiaba de los oficiales brillantes,pero huecos. Prefería a los sobrios, a los que sabían escuchar, a los que habían pasado por el error y el aprendizaje. Para él, la preparación no era acumulación de cursos, sino comprensión profunda de la responsabilidad. El mando, decía sin decirlo, es un peso moral antes que un privilegio.

 

Hoy el riesgo no viene del progreso tecnológico, que es necesario y bienvenido, sino de la tentación de sustituir la trayectoria por el algoritmo, la experiencia por la inmediatez y el criterio por la validación digital. Las herramientas no piensan; amplifican. Y si quien manda no tiene formación sólida, ética probada y conciencia institucional, la tecnología solo acelera el error.

 

La historia naval ofrece ejemplos elocuentes. Las grandes flotas no se perdieron por falta de barcos, sino por mandos que confundieron audacia con imprudencia. En Tsushima, en Jutlandia, en el Atlántico, los errores decisivos no fueron técnicos, sino humanos. El oficial sin carácter puede tener todos los sistemas a su favor y aun así llevar su nave al desastre.

 

Por eso, más que alarmarse, corresponde advertir con serenidad. Las instituciones fuertes se protegen a sí mismas cuando respetan la carrera, el mérito y la formación integral. Cuando el ascenso responde al ejemplo sostenido y no al ruido momentáneo. Cuando el mando se entiende como servicio y no como vitrina.

 

Conviene decirlo con claridad, pero también con confianza: esto no tiene por qué suceder. Las Fuerzas Armadas cuando honran su doctrina— poseen anticuerpos naturales contra la improvisación. La cadena de mando, la educación militar, la ética profesional y la memoria institucional existen precisamente para evitar que el liderazgo se convierta en una moda pasajera.

 

La juventud no es el problema; la frivolidad sí. La tecnología no es el enemigo; la ausencia de criterio lo es. Y la historia, siempre paciente, nos recuerda que los pueblos que no aprenden a tiempo están condenados a repetir sus errores.

 

Que esta reflexión quede como advertencia preventiva, no como profecía. Como recordatorio de que el mando auténtico no se viraliza: se forja en silencio, con disciplina, estudio y responsabilidad. Y que, mientras eso se entienda, la institución seguirá a flote, con rumbo firme, más allá de cualquier corriente pasajera.


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