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jueves, 8 de enero de 2026

Diplomacia y Geografía





El Leño Pinto Digital

Por: Homero Luis Lajara Solá
 
En la política internacional se habla mucho de principios y buenas relaciones, pero la historia demuestra que los Estados actúan, sobre todo, según sus intereses y las condiciones que impone la geografía.
 
Esa es una de las ideas centrales de Great Power Diplomacy, (Diplomacia de las grandes naciones) del historiador y estratega estadounidense A. Wess Mitchell, un libro que recorre desde Atila el huno hasta Henry Kissinger para explicar cómo las grandes potencias usan la diplomacia como una extensión del poder, no solo como protocolo.
 

Mitchell parte de una premisa clara: ningún país puede escapar del lugar que ocupa en el mapa. Mares, rutas comerciales, estrechos y fronteras influyen más en las decisiones estratégicas que cualquier discurso. Por eso, la diplomacia eficaz no se limita a firmar acuerdos, sino que busca asegurar posiciones, ganar tiempo, reducir presiones y proteger espacios vitales para la seguridad y el comercio.
 
En ese contexto, la presencia importa tanto como la palabra. Visitas oficiales, cooperación militar, inversiones en infraestructura portuaria o ejercicios navales forman parte de una misma lógica: demostrar interés, proteger rutas y disuadir riesgos sin llegar al conflicto abierto. La historia está llena de ejemplos donde la ausencia estratégica fue tan costosa como una derrota militar.
 
Estas ideas resultan muy pertinentes para la República Dominicana, país insular ubicado en el centro del Caribe, una región donde confluyen rutas marítimas, comercio, migración e intereses de grandes potencias. Nuestra ubicación no es solo una ventaja comparativa; también implica responsabilidades en materia de control marítimo y seguridad regional.
 
Desde esa perspectiva, la política exterior no puede desligarse de la capacidad real del Estado para respaldarla. La diplomacia pierde peso si no está acompañada por instituciones sólidas, puertos eficientes, vigilancia marítima y una Armada preparada no solo para tareas de seguridad interna, sino para entender su papel estratégico en el entorno regional. Para una isla, el mar no es frontera, es espacio vital.
 
Otro punto clave del libro es la importancia de la memoria histórica. Mitchell advierte que los errores estratégicos suelen repetirse cuando se subestima el pasado o se cree que las reglas han cambiado más de lo que realmente han cambiado. Para los países pequeños, ese olvido reduce aún más su margen de maniobra.
 
La lección es clara: no se trata de comportarse como una potencia, sino de pensar con criterio estratégico. La estabilidad, el desarrollo y la soberanía dependen, en buena medida, de entender dónde estamos parados y qué intereses se mueven a nuestro alrededor. Como recuerda Mitchell, los países que mejor atraviesan las tormentas de la historia son los que conocen su carta náutica y no confunden el rumbo con los buenos deseos.

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