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miércoles, 25 de febrero de 2015

Duarte Bandera y Espada

Homero Luis Lajara Solá

“Para merecer el respeto es necesario la consagración al deber”.

–General Gregorio Luperón 


Santo Domingo
Nuestro Padre de la Patria, general Juan Pablo Duarte, estaba convencido de que el sistema militar era fundamental para la lucha libertadora. Entendía, y así lo demostró, que cuando se ejerce con vocación de servicio, por su similitud con los sagrados ritos religiosos, se podía convertir en la piedra clave del arco para alcanzar la lealtad, no a hombres, sino a la Patria. Tan convencido estaba, que estando en París, Francia, hizo relaciones con algunos oficiales de la prestigiosa Escuela Militar de Saint-Cyr, creada por Napoleón en 1802, en donde adquirió libros de infantería, caballería, artillería y esgrima, con los cuales aprendió el arte de la guerra.
Un dato histórico y estratégico esencial para entender esta situación, es que el Decano de los Fundadores de la República sabía muy bien que la única vía para alcanzar la independencia de los dominicanos, era enfrentando al experimentado ejército haitiano, y para alcanzar su objetivo creó la Sociedad Secreta “La Trinitaria”, que en adicción a su carácter político/doctrinal, era el brazo armado de su hasta entonces pretendida revolución.
Tenemos que recordar, y más ahora, que los ejércitos dominicanos, donde debe prevalecer la tradición y el respeto a los símbolos patrios e institucionales, nunca han cruzado sus fronteras como meros conquistadores. Todo lo contrario, y me remonto al trágico episodio del terremoto que afectó la vecina nación de Haití en enero del 2010, en donde nuestras Fuerzas Armadas, las mismas que combatieron la amenaza del Oeste por tierra y mar, cruzaron el límite fronterizo, pero para salvar vidas y mitigar el dolor, en la operación militar conjunta denominada “Mano Amiga”.
Sin embargo, a nosotros, desde tiempos de la Colonia nos han invadido en varias ocasiones, una de ellas en el año 1605, cuando el gobernador Osorio quemó varias comunidades, con el propósito de contrarrestar la invasión francesa (bucaneros), en la frontera a Yagüana y Bayahá, así como a Montecristi y Puerto Plata. Para esta misión Osorio contó con la ayuda de 50 soldados de la guarnición de Puerto Rico. Ya para 1681 los dominicanos habían organizado “la Cincuentena”, cuerpo móvil de asalto compuesto por cincuenta hombres para combatir a los invasores franceses.
La ocupación haitiana 
Los haitianos sí cruzaron la frontera en actitud feroz de conquistadores: En 1801, Toussaint; 1805, Dessalines; y en 1822, lo logran con Boyer a la cabeza. Posteriormente se hicieron cuatro campañas de la Guerra de la Independencia, en respuesta a las recurrentes intentonas invasoras haitianas de 1844, 1845, 1849 y 1855-1856, donde nuestras gloriosas Fuerzas Armadas, que nacieron con la génesis de la República, y que este 25 de febrero, junto al natalicio del prócer y general Matías Ramón Mella, están de aniversario, en 12 años de combates intensos en inferioridad de potencia de combate y hombres, derrotaron las huestes haitianas a machete y pólvora, abonando con su sangre los ubérrimos campos dominicanos, para que este 27 de Febrero, 171 Aniversario de la Independencia, se pudiera izar la Bandera Nacional con los acordes de su Himno.

Sobre la carrera militar de nuestro Primer General en Jefe de Nuestros Ejércitos, general Duarte, es importante destacar, y más en estos tiempos donde las relaciones familiares, políticas y económicas, muchas veces, son el único requisito para colocar estrellas y otorgar mandos, sin tomar en cuenta historiales profesionales de los militares –en menoscabo de la institucionalidad y moral interna–, que nuestro Padre de la Patria ingresó en la Guardia Nacional Haitiana con el rango de cabo, para en la fragua de los cuarteles, forjar su carácter militar de disciplina y espíritu de cuerpo, que sería años después la garantía para sus aprestos libertadores, ya que un soldado disciplinado, capacitado, “responsable” y con experiencia sabe cumplir las misiones de la forma más eficiente.
El paladín de nuestra libertad, dentro de su legado numantino, nos enseñó que las dificultades no se dan para capitular ante ellas, sino para ser vencidas.
Duarte, solo con su palabra como golpe de martillo, consigue abrir las puertas del corazón de un pueblo mancillado, para conformar una nación y vivir en ella en paz y en democracia. El gran error ha radicado en no seguir la estela de su legado.
Al igual que Alejandro Magno, Duarte no se limitó a planificar la conquista, en este caso de la libertad, sino a crear las estructuras para que la nación naciera como una organización funcional, con una Constitución y leyes como garantes de su libertad y progreso. Con el paso del tiempo, las flagrantes violaciones a los principios duartianos y la falta de educación en valores, se han convertido en las causas principales de que el nuevo milenio nos encuentre varados en el puerto del subdesarrollo.
Con toda humildad pido que estas reflexiones sean bien ponderadas, sobre todo por los que conducen la nave del Estado, ya que en esta etapa de nuestra vida republicana, “el dinero se ha convertido para algunos en un dios a quien ellos tienen que servir y rendir honores”.
Una de las peores pruebas de la decadencia moral, es la casi total indiferencia general que se nota con respecto a los asuntos importantes para la Nación, como constituyen la seguridad del Estado y de sus ciudadanas y ciudadanos, razón por la cual, el caso Paya del año 2008, donde oficiales de la Armada Dominicana se convirtieron en sicarios vulgares del narcotráfico con toda su secuela pestilente, se olvidó, al igual que otros más, donde en adición, la justicia (local y extranjera) les ha otorgado la libertad por “pena cumplida” a confesos narcos, permitiéndoles –a muchos de ellos– seguir en sus andanzas malignas, ante los ojos de una sociedad donde un segmento de la misma los recibe como redentores, otorgándoles hasta una inmerecida fe pública para denostar y chantajear.
Todavía sin reponernos, de nuevo, en las narices de tantos cuerpos de “inteligencia” del Estado, surgió otro suceso similar, el caso DICAN, donde oficiales, esta vez de la Policía Nacional, junto a representantes del Ministerio Público, actuaron como vulgares delincuentes dando tumbes de drogas. “Y si no se agarra el toro por los cuernos seguirá pasando”.
Si el gobierno, con su voluntad política, quiere combatir esta decadencia moral, debe actuar sin contemplación, llevando un debido proceso legal contra todo el que viole el contrato social, sin vacas sagradas ni culpables favoritos, de lo contrario, regirá el carácter liliputiense de la época actual, donde sectores de poder político, impulsados por intereses económicos, con una influencia mediática contaminada (alimentada por la dádiva y el favor personal), le han dado espacio en el Estado, ocupando posiciones de renombre, a personajes anclados en el lado oscuro de la fuerza.
Y es que hasta que los políticos no se hagan filósofos o los filósofos no se vuelvan políticos –buscando una solución racional–, los males de la nación no desaparecerán. En ocasiones, endiosados por el exceso de lisonja, los que mandan se convierten en seres demasiado orgullosos para aprender de los demás lo que se necesita para el bien de la nación. Así peregrinan ellos en el jardín del Estado y se imaginan saberlo y conocerlo todo. Por esa razón, muchas veces, no usan los mejores hombres, porque se creen ser nec plus ultra.
Esos errores traen como consecuencia debilidades en el principio de autoridad y se pierde el temor a la sanción, sobre todo entre los uniformados que juraron defender la soberanía e integridad de la República, mantener la seguridad y el orden público, cuando observan diariamente, en medio de sus precariedades económicas, malos ejemplos que no son sancionados.
Definitivamente, cuando un pueblo no quiere cuidar las cualidades inherentes que le fueron dadas por el destino y que se encuentran enraizadas en su sangre, no posee más que derecho de lamentarse por la pérdida de su existencia. Los hechos demuestran que fuerzas oscuras, que reniegan hasta la existencia de Dios, año tras año, van sistemáticamente destruyendo las instituciones y las fuerzas morales que son los factores exclusivos para asegurar la capacidad y los derechos de los pueblos a su existencia.
Pretender destruir al Estado dominicano nos conduciría a los demonios de Belona.
Por tales razones, esa enseña tricolor, diseñada por Duarte, símbolo de la Patria, debe exhibirse este 27 de febrero con honor y dignidad, en todo el territorio nacional, con el orgulloso fervor patriótico de sentirnos dominicanos, para que se levante así el Alma Nacional.
¡Dios, Patria y Libertad! 

¡Viva la República Dominicana! 


Fuente: Listin Diario

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